lunes 20 de febrero de 2012

Cosas de niños


Soy un tipo con pocas certezas; hoy tengo una que no permite ninguna duda: Pablito no dejará de llorar jamás.

                Llora cuando tiene hambre, cuando tiene calor, cuando tiene frío, cuando se ha hecho del baño, cuando no se ha hecho, cuando esta triste y, comienzo a sospechar que también, cuando está contento, sólo para joderme. En fin.

                Veo a la minúscula cosa frente a mí que, para su desgracia, dicen que se parece a mí y no me atrevo a levantarlo. Temo  que se desarme en cualquier momento. Lo levanto y llora más todavía. Mi temor de desarme se hace realidad. Mariana no está. Pienso en llamar a mi madre que algo sabrá del asunto. Desisto. Ya me siento bastante imbécil como para que alguien me lo recuerde por teléfono. Lo paseo, le canto, le reviso el pañal. Nada. Busco en internet con Pablo entre los brazos. Los mismos pendejos consejos de siempre. Le susurro suavecito: qué te pasa, cómo puedo saberlo. El último grito es más fuerte que nunca y parece decirme: Pasa que estoy vivo, pedazo de imbécil.

                El niño llora porque está vivo, simplemente. Y eso no va a cambiar. Por primera vez, siento compasión por mi madre. Lo que habrá sufrido la pobre. Pienso en llamarla de nuevo, esta vez para pedirle perdón por haberla desvelado tanto. Tampoco me atrevo, después de todo, treinta años después, las disculpas servirían de muy poco. Trato de arrullarlo mientras paseo por la habitación; una ligera esperanza de que por fin cesen los llantos me dura pocos segundos, antes de que comiencen de nuevo con más fuerza. Esto es imposible. Y es apenas el principio.

                La historia se repetirá interminable. Llorará cuando se caiga, cuando no se caiga, cuando quiera un Jedi electrónico y no pueda comprárselo, cuando se lo compre y se le acaben las pilas, cuando repruebe matemáticas, cuando no repruebe, cuando la niña de trenzas largas no deje que se las jale porque se parece a mí (pobrecito), cuando no le preste el coche, cuando se lo preste y me hable asustado porque está en una celda con aliento etílico, cuando le reclame por no llegar hasta el día siguiente, cuando descubra que consume drogas, cuando intente comprenderlo y él crea que nadie lo consigue, cuando se entere que no puedo pagarle un viaje a Europa porque me paso la tarde tiradote en el sillón escribiendo pendejadas, cuando no sepa qué hacer el día que a su novia no le baja la regla, cuando descubra que es quasi imposible tener un trabajo que le pague todas la cuentas y que además le guste y cuando esté, como yo ahora, tratando de aminorar los llantos incesantes de su vástago primogénito y la exnovia, convertida en su mujer, le reclame su incompetencia.

                Si se parece a mí, como la gente dice, la pasará mal, yo no podré hacer nada y, claro, tampoco va a agradecérmelo. De héroe pasaré a viejo anticuado y gruñón que no sabe cumplirle todos los caprichos, me recriminará haberlo traído al mundo sin que él me lo pidiera y detestará, como es habitual, que, si los niños vienen de París, la cigüeña no haya preferido dejarlo allá definitivamente.

                Asumo mi culpa compartida y sigo arrullándolo y paseándolo por la habitación. Después de dos horas, he logrado dormirlo. La pequeña fiera ahora duerme plácidamente entre mis brazos. Una pequeña victoria. Por fin, un poco de calma. Una tregua antes que la batalla, perdida de antemano, comience de nuevo. Lo deposito con suavidad dentro de la cuna. Se inquieta; me asusta que despierte de nuevo. El teléfono suena insistente. Puta, puta, putísima madre. El llanto comienza otra vez. Mariana me anuncia que llegará tarde, una reunión de trabajo.  No digo nada. Al colgar, no sé si mi ira es porque Pablo no deja de llorar, porque ella llegará tarde, por haberme llamado justo ahora, por el oscuro fantasma del tal Armando rondando en mi cabeza o porque también quiero llorar y mi madre no está aquí para consolarme.

lunes 13 de febrero de 2012

Prequincena


Faltan los dos días más largos de la historia. Dos eternos días para la pinchísima quincena y las cuentas ya no dan. Juntar la prequincena con el síndrome premenstrual es una combinación terrorífica. ¿Por qué las tarjetas de crédito tienen fecha de corte el 28 o el 14 de cada mes? Debe ser parte del complot para cobrar intereses sobre intereses y poner a trabajar a sus telefonistas con mensajes que van de la amable súplica a la amenaza implacable.

         Sería una escena dantesca ver el desfile de decenas de cajas de zapatos embargados mientras lágrimas negras, de rímel, escurren por las mejillas desconsoladas de Mariana y unos ojos de furia chispeante me recriminan mi irresponsabilidad financiera. Anoche, me faltaron argumentos para explicar que un niño de tres meses y medio no requería del gigantesco zoológico que le han traído los reyes magos y cuyo costo, más gigantesco todavía, viene incluido en el estado de cuenta de este mes, sumado al precio del nuevo par de zapatos para ella y la corbata que, amablemente, los presuntos reyes magos han tenido a bien obsequiarme, aunque se hayan olvidado de pagar la cuenta.

             En plena discusión, expresamente de asuntos financieros, salió la historia del whisky del domingo pasado y mi imperdonable mentira sobre el dolor de estómago. Discursos sobre mi inmadurez.

    Trato de no encabronarme. Ommm. Ommm. Escucha, Mariana, tenemos que resolver el pago de la tarjeta… ¡Claro! Tú te quedas tiradote en el sillón escribiendo pendejadas y no eres capaz de pagar los juguetes de tu hijo. Así que, ahora, es “mi hijo”. Último ommm.

             En algún momento, entre la inmadurez y “mi hijo”, el tal Armando invadió el resto de la disputa. Reconozco que no venía al caso, como tampoco venía al caso el discurso de inmadurez, confirmado además por lo que ocurrió luego, pero, entre “tiradote en el sillón escribiendo pendejadas” y “hola, que tengas un buen domingo”, se estableció un oscuro vínculo.

                En qué momento pasé de marido tirado en el sillón escribiendo pendejadas a marido despechado y de ahí a espía y mentiroso, no lo sé. El veredicto estaba dado: yo había comenzado la discusión sobre la tarjeta buscando un pretexto para el reclamo (es en vano notificar que fue ella quien inauguró la arenga) después de husmear, desde quién sabe cuándo, su celular, su computadora y el cajón de sus cosas personales. De inmaduro me convertí en inseguro y paranoico. Discursos sobre la confianza, el machismo y el no soporto las mentiras llenaron el resto del monólogo. Nos fuimos a dormir, ella en su lado de la cama y yo en el mío. Aún me sigue gustando su espalda.

                Hoy me he sentido culpable, aunque no sé bien por qué. Por supuesto, no arreglamos lo de la tarjeta, habrá que sumar el cargo por pago tardío. Sigo sin saber quién es el tal Armando, pero tengo más sospechas que nunca. El discurso sobre la defensa de la privacidad me sigue sabiendo pésimo. Mamarracho, como soy, le mandé un mensaje hace un momento: perdón por lo de anoche, todo se arreglará, a pesar de nuestras diferencias. Además de mamarracho, cursi.

                Vuelvo a ver el celular por tercera vez. No hay respuesta. Estará ocupada. Tal vez más tarde. Me falta una docena de reportes para hoy. Hora de comida. El elefante del zoológico está extraviado. Sobre mi corbata seminueva, ha caído una enorme gota de café en algún momento de la mañana. Una verdadera lástima. Hoy no estoy seguro si de verdad me sigue gustando su espalda. Única certeza: quisiera estar tiradote en el sillón escribiendo pendejadas.

lunes 6 de febrero de 2012

Pablito clavó un clavito


Por fin pude zafarme de la comida del domingo. Ahora fui yo quien inventé un inexistente dolor de estómago y Mariana quiso creerme. Haré una lista de pretextos en caso de emergencia. Se llevó a Pablito, quien nació por clavar un clavito, y me sirvo un whisky, que no pruebo desde hace meses, mientras trato de recuperar mi fracasada carrera literaria a hurtadillas, como una suerte de infidelidad, la única que tendré por ahora. Tuve la tentación de llamar a algunos amigos, pero sospeché que ellos si han ido a su respectiva comida familiar; además, seriamos fácilmente descubiertos.

Empiezo a creer que a Mariana le caga que escriba. No lo dice, aunque hay múltiples sabotajes cotidianos. Sacar la basura o ir al super suele ser más importante. Después de ocho años, yo cambié, ella cambió; ninguno de los dos para donde el otro quiso. Atrás han quedado las ilusiones, asesinadas por la cruda realidad. Después de siete años, Mariana, mi exnovia, se convirtió en mi mujer. Hace tres meses, o hace doce, según quiera verse, Pablito llegó para quedarse. Touché a la primera.

Conocí a Mariana en la caravana zapatista, antes de que Marcos le pareciera un payasito con pipa. Fue panfleto a primera vista. Coincidimos debajo de una carpa improvisada para repartir propaganda y reunir firmas, ya no me acuerdo para qué. Ella estudiaba Ciencias Políticas en la UNAM y yo terminaba Economía en la Buapachosa. Perfecta combinación. Cómo imaginar que las botas mineras se convertirían en docenas de zapatillas del Palacio de Hierro a meses sin intereses y pagadas con mi tarjeta, naturalmente.

En aquel tiempo, yo quería ser escritor y ella trabajar en ONGS a favor de los indígenas, los migrantes, las ballenas y cualquier especie en peligro de exterminio. Hoy, hago reportes contables de nueve a cinco y ella es editora de una revista que oculta cada vez menos quién la subsidia. Ninguno de los dos creía en el matrimonio, pero la familia, los amigos y las presiones sociales suelen ser muy persistentes. Dije que sí para no decir que no. Mamá está encantada de verme sentar cabeza.

Mariana dice que me quiere, aunque hace todo lo posible por demostrarme lo contrario. Supongo que yo hago lo mismo. Ocho años son muchos años. Visto a la distancia, nada queda de aquellos días. Dicen que el amor cambia, que toma otra forma, que hay que buscar motivos nuevos. Tengo grandísimas dudas al respecto. La nueva secretaria de medias negras suele alegrarme con una sonrisa alentadora los días de mejor manera. Algunas fantasías.

Más por accidente que por curiosidad, esta mañana descubrí un mensaje en el celular de Mariana. No sabía de la existencia de ningún Armando. Por costumbre, que no por interés, conozco a todos sus amigos. Armando no era ninguno de ellos. No soy paranoico y es mejor no pensar en esas cosas. Los deseos de buen domingo son deseos de buen domingo y nada más ¿o no?

Qué delicia es escuchar el tinteneante sonar de los hielos antes de que el líquido pase por mi boca y escurra por mi garganta. Me queda un par de horas antes de que vuelvan, antes de gastarme otro pretexto para justificar mi aliento, antes de tener que volver a fingir que es un domingo igual a cualquier otro. Rezo porque Pablo ya venga dormido.

jueves 2 de febrero de 2012

Monstruos literarios


Siempre supe que publicar un libro era quasi imposible. Me lo dijeron en las clases de literatura, mis amigos escritores con su engargolado bajo el brazo, los escritores que no eran mis amigos con 3 libros publicados y uno que otro gerente de la Volkswagen.
   
            Me lo he repetido desde hace diez o quince años como un ritual cada que tengo un artículo de dos párrafos y no sé dónde publicarlo, a las tres de la mañana después de varias docenas de cerveza y en las terribilísimas noches de insomnio en que Morpheus no tiene piedad de mí.

             Lo que ninguno de ellos me dijo nunca es que, si publicar era quasi imposible, escribir era imposible del todo.

              El drama más conocido es la página en blanco. Esa historia que te rondó en la cabeza durante todo el día y que, a la hora de sentarte a escribirla, desaparece como ha llegado. Por dónde empezar, por dónde seguir, cómo carajo terminarla. El drama más largo es sortear la página en blanco, escribir y descubrir, después de varias páginas, que ni una sola del cúmulo de frases vale el papel en el que aún no está escrito. Word ha salvado a millares de árboles por fortuna.

            El tercer drama en mi lista es el que he clasificado como el Síndrome del Messi Anónimo. En el mundo hay muchos Messis que desbordan talento a raudales, que tocan el balón como los dioses, que meten goles de bandera cada vez que tocan el balón y se llevan a medio equipo contrario en un solo quiebre de cadera para dejar la pelota acariciando la red como con la mano. Todo esto ocurre de lunes a sábado en los entrenamientos, pero el domingo, con el estadio repleto, enfrente del equipo rival, jugando de visitante, el balón se convierte en una sandía ovoide que no alcanzo a golpear con mínima decencia. Ese es el tránsito que hay que pasar entre un blog y un libro. El blog es el entrenamiento, el libro es el Bernabeu. Y sólo queda comer banca eternamente, mientras se adivina que pasaremos a la lista de transferibles.

          Pero eso no es nada. Esos son inventos de la cabeza perfectamente superables en tanto se comprenda que lo peor que puede pasar es lo que ya está pasando: que no pase nada. Y un día la página ya no está en blanco ni parece tan mierda y el gol de bandera llega en la final de la champions en el minuto 90 contra el Real Madrid.

           La realidad es más cruel que cualquier trauma. Lo que hace imposible no publicar, sino siquiera escribir, es el terrible lastre de la vida diaria. Mi mujer preguntando cada día si no me he cansado de perder el tiempo, mi hijo de tres meses llorando porque no come letras, el gerente del departamento de contabilidad que requiere reportes antes de las cinco, el maldito cansancio de los 33 años que sólo me pide dormir sin sueños intermedios.

              Ya es febrero y ésta es mi primera nota del año. Lo cual significa que ya no hay partido el domingo porque he faltado a todos los entrenamientos. Desde la cocina, mi mujer grita que se ha terminado la leche. El niño llora, grita, como diciendo: ¡a ver a qué horas, hijo de puta! Si hay faltas de ortografía, doy disculpas. Si hay errores de redacción, también. No tengo tiempo para detenerme en correcciones. No habrá más novela que la que me cuento cada día entre berridos. Mi mujer ha salido de la cocina para repetirme los gritos en la cara. Una lluvia de saliva furibunda me despierta.
               

viernes 28 de octubre de 2011

Manual para perder el tiempo

Usted ya lo sabe, esta cosa dura 24 horas diarias, 365 días por año, de unos 70 posibles, cigarros más, cigarros menos. Un hermoso total de 25550 días con sus 613200 horas correspondientes. Y hay que gastárselos de algún modo plausible, porque ya no hay otro remedio.

Hay que intentar caminar sobre las aguas, hasta caerse de borrachos. Predicar algunas pendejadas y conseguirse algunos discípulos que aplaudan como focas irredentas cada que uno se pone parlanchín. No está de más intentar multiplicar algunos panes cuando el hambre apremia y expulsar uno que otro demonio cuando el insomnio ataca. Mandar a la chingada a los mercaderes de un templo para tener enemigos que suelen ser eternos y dejan miles de discursos explicando por qué no tengo razón, por qué no soy mesías, sino un pobre diablo con ínfulas de hijo pródigo.  Visto está que el odio dura más que el amor.

Pero como no es cosa de ponerse exquisitos, dejemos venir a María Magdalena para que nos llene de tentaciones a la mitad del desierto y que nos haga saber que ser hombre no es tan malo y que tiene sus placeres después de todo, antes de que empiece el viacrucis.

Comienza un domingo, con entrada triunfal y loas y María Magdalena vestida de blanco. Todos muy gozosos mientras a uno se le escapa el topo de la madriguera. El lunes a las 6 de la madrugada suena la tercera llamada y hay que ir a ver a los mercaderes al templo; esta vez para ser uno de ellos. El martes empieza a las 4.15 con un llanto que no es más el canto de las sirenas, sino de aquel minúsculo cachorro parecido a mí quien a gritos exige una nueva multiplicación del pan. El miércoles ya se sospecha algo, se nota tensión en el ambiente, hay dudas, suspicacias, llamadas anónimas. El jueves, después de la cena, te avisan lo de la hipoteca, lo del embargo, lo del despido, lo del bueno para nada, lo del fracaso como hombre, economista, escritor, padre, marido y pinche mesías.

El viernes, el calvario. La casa vacía, la firma que dice que María Magdalena se regresa con su madre y la putísima cruz de los pinches insultos que te dejan clavado a una madera que se hunde contigo en medio del naufragio. La lápida del tiempo perdido, del por qué me quité del vicio, del amor eterno y los pinches recuerdos de Acapulco. Y el minúsculo cachorro parecido a mí sigue llorando.

Sábado sin necesidad de despertador; sin besos con mal aliento; sin desayuno saludable; sin cómo se me ve ese vestido, amor; sin tienes que hacer ejercicio, gordito. El teléfono no ha sonado. No hay un mensaje que dice: ¿otra vez olvidaste nuestro aniversario, imbécil? El sábado será largo. Mis amigos ya no beben y tienen que dormir temprano. Esa pizza de hace 3 días ya se volvió de champiñón.

Pero el domingo hay resurrección y hay que intentar caminar sobre las aguas, hasta caerse de borrachos. Predicar algunas pendejadas y conseguirse algunos discípulos que aplaudan como focas irredentas cada que uno se pone parlanchín. No está de más intentar multiplicar algunos panes cuando el hambre apremia y expulsar uno que otro demonio cuando el insomnio ataca. Mandar a la chingada a los mercaderes de un templo para tener enemigos que suelen ser eternos y dejan miles de discursos explicando por qué no tengo razón, por qué no soy mesías, sino un pobre diablo con ínfulas de hijo pródigo.  Visto está que el odio dura más que el amor.

Pero como no es cosa de ponerse exquisitos, dejemos venir a María Magdalena para que nos llene de tentaciones a la mitad del desierto y que nos haga saber que ser hombre no es tan malo y que tiene sus placeres después de todo, antes de que recomience el viacrucis.

martes 18 de octubre de 2011

Estrés sin prisa

—“Sufro —le dije parafraseando la primera cosa que aprendí de memoria cuando aún no aprendía a atarme los zapatos—, un mal muy espantoso como esta palidez del rostro mío”.

¿Qué me pasa, doctor, qué me pasa?

Después de varias pruebas, radiografías, análisis de sangre y de chis, dictaminó con voz serena: Adolece usted de una típica combinación de modorra feliz y estrés sin prisa.

Y sí. Hacía días que la sangre no me corría por las venas, más bien me paseaba por ellas simplemente. Mis leucocitos navegaban sobre una góndola veneciana mientras mis glóbulos rojos la hacían avanzar entonando con parsimonia un “O sole mio” a ritmo de bolero. Las plaquetas entonaban en versión coral “La canción mixteca” y un leve sopor invadía a mi torrente sanguíneo a lo largo de las horas.

Ante mí, todo pasaba tan de prisa que me causaba un estrés insoportable y, sin embargo, todo seguía en mi ser al mismo ritmo semilento sin que la preocupación alcanzara para meterme al andar acelerado de los demás en el mundo.

Me despertaba cada mañana con la preocupación de las docenas de cosas que tenía por hacer y, al final del día, no había hecho una sola, lo que aumentaba mi estrés para el día siguiente.

El mal se incrementó al paso de los años hasta darme cuenta que mi vida, tal como era, había transcurrido menos de la mitad de lo humanamente necesario y decidí hacer algo al respecto. Entonces recibí aquel veredicto y la receta de mi mal.

Como a aquellos con presión alta se les recomiendan días en algún sitio a nivel del mar, a mí se me impuso, como primera etapa de tratamiento, viajar y conseguir un trabajo en Londres.

En menos de 15 días estaba curado.

Mis leucocitos aprendieron a vivir a ritmo tecno y, en lugar de balancearse en góndolas venecianas, se treparon a todo trotar en el metro londinense de las 5 de la tarde. Aprendí a vivir de prisa, beber de prisa, coger de prisa y llorar mientras cagaba. Supe la sustancial diferencia entre 5 minutos de más y 5 horas de menos y un día me avisaron que por fin me habían jubilado.

Otra vez no hay prisa de nada y la cabeza no deja de ir a mil por hora. Ahora que no soy más un obrero calificado con alto rendimiento laboral, descubro que me estresa demasiado no tener prisa de nada y que mi modorra feliz se instala en mi sistema como un cáncer que invade plaquetas, glóbulos blancos y rojos y la sangre otra vez, en vez de correr, pasea por mis venas.

Después de tanto correr, miro a mi alrededor y no me he movido ni un centímetro del mismo punto de donde he empezado. Y en medio de la modorra sexagenaria, parafraseo en aquel idioma que aprendí con prisa: I’m not really happy, my lord.
  

jueves 8 de septiembre de 2011

Código Binario

Juro que ya lo hice todo. Y cuando digo todo, no hay exageración alguna.

Ya aprendí como tener 78 cuentas de e-mail con 98 nombres falsos y ya tuve 6730 contactos en cada una. Vi nacer y morir ICQ, veo los estertores de agonía de messenger y soy testigo de la fugaz popularidad de facebook. He visto más pornografía que Hugh Hefner y he hecho realidad una que otra fantasía. Ya me enamoré y desenamoré virtualmente varias veces y hasta me cogí a varias por chat, por cam, por tel, por cel, por mensajitos y en vivo y a todo color.

Mi granja ya se hizo una avícola productora internacional. Ya vi las 87,876,654 fotos de todos mis amigos, enemigos, novias, exnovias, chaquetas, quebuenaestasperoquependejaeres, ilustres desconocidos e ignotos conocidos. Ya puse mensajes privados que eran públicos, mensajes públicos que eran privados, hice encuestas, me uní a clubes, agregué 300, elimine a 500, ya cambié mi estado millones de veces y ya tuve una relación complicada, fui viudo, soltero, casado y Dios te guarde.

Ya derroqué a varios tiranos con la venia de Beto Puertas.

Ya encontré a mis primos de Calcuta, a mi padre apócrifo en Venecia y a mi hermana espuria en Siria. Ya conozco la pendejada más pendeja de Ninel Conde y ya me hablo de tú a tú con Jelipe.

Ya vi todos los videos educativos, cachondos, pendejos, noticiosos y deportivos de youtube. Ya descubrí que el reguetón nació para volver teibolera hasta a la más impensable.

Ya aprendí en wikipedia inglés, francés, italiano, latín, griego, esperanto y chino cantonés. Ya sé de los mayas, la segunda guerra mundial, el apareamiento de las morsas y como combatir mi eyaculación precoz.

Ya bajé todas las canciones, libros y videos que cabían en un disco duro de 30 terabytes y ya aprendí a arreglar mi computadora en el caso más extremo. Ya escribo en 4 blogs míos y en otros 10 prestados y ya sé cómo hackear el e-mail de ellas.

Ya compré y vendí mi alma a un diablo de las islas Fiji y ya me redimió un arcángel.com después de pagar lo suficiente con cargo a mi tarjeta de crédito.

Ya me gasté media hora más de mi tiempo y tuviste el honor de aburrirte por 10 minutos con esta ennumeración que te sabes de memoria y ahora, con toda la súplica que puede existir en un código binario: Por favor, ¿alguien me podría decir qué coño se puede hacer en internet para sobrevivir los próximos 30 años?





viernes 12 de agosto de 2011

Yo no he querido saber.

Yo no he querido saber pero he sabido. Una de las frases más grandes que he leído yo como principio de un libro. Así empieza Corazón tan blanco, de Javier Marías. Así comienzo hoy.

Cuando empecé a escribir este blog, ya tenía otro, que intentaba ser serio, aunque nunca lo logró. Más bien rayaba entre el drama y la tragedia cursi. Se fue muriendo lentamente. Porque a la hora en que podía escribir en él ya no había una conexión disponible. Porque a las 10 de la mañana no es lo mismo que a las 3.

Porque empecé a dormir más temprano. Porque a ser lo que soy lo empecé a ser menos y lo que tengo que ser lo empecé a ser más. Porque cada día voy aprendiendo el letal hábito de ir escapando de mí mismo.

Entonces quedó éste. Cotidiano, común, chistoso pero sin gracia, tratando de decir sólo lo decible y dejar lo indecible en el baúl dormido de las 2 de la mañana. Tratando de reírme de lo que pasa al medio día y en la última borrachera y debajo de la falda de la chica de las piernas flacas y del fracaso de mis vacaciones y de lo mínimo del salario mínimo. Y nada más.

Dejé de ver periódicos y leer noticieros. En las calles ya no miro hacia abajo, para no hacer caso a las manos extendidas y veo desde un balcón las manifestaciones de los lunes. A veces hasta llego con ellas y me entero del motivo de la protesta por las consignas que suenan a mi lado.

De lo demás me río descaradamente. Del nuevo presidente y del último. Del fallido mesías y del próximo. De las ilusiones que ya sabemos en que acaban. De los planes que asemejan zopilotes. Del futuro y del pasado.

De los zapatos de tacón y de las ideas sexistas. De las religiones y sus dioses. De las rebeliones y sus antídotos. Y sobrevivo como todos. Quejándome por la fila del banco, pero pago. Por el consumo y el producto, pero compro. Por los berrinches de las quinceañeras bis, pero caigo. Del resto, no he querido saber, pero he sabido.

Así que hoy no hay risas. Por mucho que no quiero saber, por mucho que no quiero caer, por mucho que no quiero seguirles el juego a las protestas vacías, aquí estoy de nuevo, usando el foro de mi banalidad para decirlo a las 4.35 de la tarde en medio de mi horario de oficina:

No hay forma de taparse los ojos ni cerrar los oídos. No hay forma de preocuparme con seriedad de tus caderas, querida mía, mientras el mundo se va desmoronando a pedazos. Tus nalgas no alcanzan a distraerme por completo. La borrachera no sabe durar para siempre y el puto domingo hay que despertar de nuevo y, por mero accidente, por mero acto reflejo, por no llevarme  las manos a las sienes, aprieto el botón del televisor y sin querer veo todo lo que no quiero saber, pero no olvido.

Jugaré mañana o más tarde el juego de mi vida cotidiana, me hundiré otra vez a escribir manuales para una clase a medias y hasta me pasaré al otro lado de la trinchera. Pero en este justo segundo, me robo este espacio sólo para decir lo que es sabido: El mundo no va bien ni nunca ha ido. Aunque también de eso habría que reírse. Por lo menos para no tener que recurrir a blogs que por trágicos terminan en comedia. 

jueves 4 de agosto de 2011

Instrucciones para dejar de escribir III. Prender la compu

La verdad tiene que ser dicha, mentirme a estas alturas ya es cobardía. Prender la computadora ya no es el ritual romántico de meter un papel en la máquina de escribir de antaño - esperando que lleguen las musas - ni tampoco tomar una pluma y una libreta es el acto completo de escribir si quieres ser leido, porque de todas maneras todo lo que has escrito de puño y letra habrás de pasarlo a la PC, porque ningún editor te va a recibir (y ni pensemos leer) con esa pinche letra. Hoy prender la computadora es un ritual muy distinto. Es una especie de viacrucis con nueve estaciones (por lo menos) que reducen el tiempo real de escritura – pura y dura – al ridículo. Aceptémoslo, usar una computadora sin internet es tan divertido como mirar infocomerciales de 30 minutos. Al principio te puede interesar, pero a los 5 minutos cualquier excusa es buena para hacer otra cosa. Sacarse un moco es más interesante. Entonces, sentarse “a escribir” (con reloj en mano) hoy significa:
  1. Prender la compu y esperar a que cargue todos (toooodoos) los programas. Mirar la pantalla mientras el sistema se actualiza (lo que hace 4 veces a la semana... de verdad necesita tantas pinches actualizaciones?) Que te avise que el antivirus lleva ya 348 días inactivo y que tu computadora (va a valer madres) está en riesgo. Tiempo aproximado: 3 minutos
  2. Conectarse a Internet. Esperar que el Messenger se cargue y nos avise que tenemos 14 mensajes nuevos en nuestra bandeja de entrada. Tiempo: 9 segundos
  3. Abrir el Messenger y checar quien está conectado. (generalmente nadie interesante, siempre los mismos) y de los 329 contactos que tienes, a 317 no les hablas ni alcoholizado. La mayoría siquiera sabes quienes son. De cualquier manera es el ritual. Tiempo aproximado: 20 segundos
  4. Abres tu bandeja de entrada de Hotmail. Tiempo: 8 segundos
  5. Checas que, otra vez, nadie te ha escrito, borras las cadenas pendejas que ya leíste y mandas al carajo la publicidad. Tiempo: 30 segundos
  6. Pero eso sí, te lees las pinches cadenas de chistes y las que no te habías leído (que ya son pocas), abres el link de ese video, te lo chutas, luego abres esa presentación.ppt y también te la chutas y luego le pones REENVIAR y lo mandas a la pinchemil-bola de pendejos que tienes en tu lista para que ellos también (se chinguen y) los abran. Tiempo aproximado: 20 minutos
  7. Si por alguna razón muy extraña, tienes un correo escrito especialmente para ti, de esos en los que tu eres el único destinatario y que tienen tu nombre de pila al principio y te los escribió alguien que sí conoces y que se despide diciendo Saludos o besos o abrazos o pellizco en la nalga… entonces no lo dudas y le contestas. (pero como eso es muuuuy raro, casi no mereció inciso ni mención de tiempo)
  8. Checas la carpeta de Spam, por aquello de las cochinas dudas y compruebas, por centésima vez, que sí funciona y que no, aquella editorial, la oferta (real) de trabajo, aquella vieja que te prometió escribir no han ido a parar ahí. Tiempo: 20 segundos
  9. Abres tu correo de Yahoo y de Gmail (si los tienes) y repites los incisos del 4 al 8. Tiempo: 12 minutos.
  10. Al final, como cereza del pastel (y sólo al final por que la culpa no te dejaría hacerlo desde el principio) los Dioslosbendigaporexistir (y con ustedes…. Taran taran…) ¡Facebook!!! y ¡Twitter!!! Esas plataformas que, aunque te duela aceptarlo se han convertido en tu única forma de socializar… Donde pueden pasar dos cosas:

a) No hay nada nuevo

Es decir:

  • a.1) No hay fotos nuevas de “tus amigas” las mejorcitas
  • a.2) No hay links buenos para seguir
  • a.3) De ayer a hoy nadie quiere ser tu amigo ni nadie nuevo te sigue.
  • a.4) Tu granja está igual de jodida y sigues siendo pobre (también) en el mundo virtual.
  • a.4) Nadie ha publicado nada en tu muro, no hay notificaciones para ti y la bandeja de twitts está llena de frases como: "Estoy comiendo", "Estoy cagando", "La vida es maravillosa y vale la pena ser vivida", "Nadie sabe para quién trabaja", "El mundo es una mierda y el presidente es un pendejo". Y demás cosas sin importancia, pero más bien sin trascendencia ni contextualización. El nuevo mundo del twitt.
  • a.5) De todas maneras, respondes uno que otro, le das me gusta a otras tarugadas aunque no sea cierto y pendejeas un rato enterándote de la vida de gente que ni le importas ni te importa (demasiado… si no para que...)
  • a.6) Y posteas alguna de las frases célebres que te brincan en la cabeza (igual de idiotas) para que otros, que tampoco les interesa, igual comenten. Tiempo mínimo (de todas maneras) 40 minutos.

O bien:

b) Música para tus ojos:

  • b.1) Tres personas quieren ser tus amigos, los aceptas y visitas sus perfiles para ver quien chingaos son.
  • b.2) Las dos ex-compañeras más sabrosas de la ex-preprimaria han subido fotos de sus últimas vacaciones en la playa y sólo son 514… Las miras todas.
  • b.3) Tu vieja te etiquetó en 14 fotos de la última borrachera y te pones a re-etiquetar, comentar y contestar los mensajes.
  • b.4) 4 personas han publicado algo en tu muro. No importa que, comentas.
  • b.5) 3 políticos que ni conoces twittean su último hallazgo mental, su última estupidez, su descubrimiento del agua tibia y te enfurece. Lo retwitteas y comienza la chorcha.
  • b.6) Etc, etc, etc… Tiempo: toda la puta tarde y el resto de la noche.

Para ese momento, tu “tiempo sagrado de escritura” se ha vuelto una estúpida ilusión. Faltó mencionar los tiempos para leer las noticias, checar el blog, Youtube, chatear con tus (tres) amigos y el demás chingo de pendejadas que ofrece Nuestra madre Internet. Cuyo único hijo muy amado, Google, ya no está sentado a la derecha del padre, sino de Facebook. Si tienes suerte, si los astros se alinearon y tu vieja se fue a cenar con sus amigas, tal vez (quizás) tendrás 20 minutos reales para borronear eso que querías escribir, aunque a veces (casi siempre) ya no queden ganas, ni inspiración ni nada… y entonces, lo dejas para mañana.

Vargas Llosa estaría orgulloso.

miércoles 13 de julio de 2011

Mal de muchos

—Te juro que es la primera vez que me sucede. No sé qué pasó —mentí por enésima vez. La frase era mentira; la vergüenza no.
                Ella, tan comprensiva como siempre, me acarició el cabello, me miró como se mira a los niños cuando se han embarrado el gerber por toda la cara y, tratando de disimular su infinita lástima, su infinita desilusión, su infinita frustración, me dijo con la voz más dulce que pudo: todo está bien, mi vida.
Le agradecí la compasión y me prometí a mi mismo no volver a defraudarla.
La siguiente vez estaba muy ocupada. La siguiente estaba muy cansada. La última estaba en el mismo café con un nuevo interlocutor.
Fue entonces que yo sentí la frustración infinita, la desilusión infinita, la infinita lástima cretina, por ella, es decir, por mí.
                Dicen que la causa está en los años, el estrés, las 2 cajetillas diarias, la falta de irrigación sanguínea, la ansiedad, mi crónica depresión, mi crítica desesperación o hasta en la falta de vitaminas. Por separado o todo junto.
                La primera vez que me pasó —la verdadera primera vez o, al menos, la primera recordable— fue un día en que lo intenté en grupo. Aquella vez se lo adjudiqué al pánico escénico, a una crisis multitudinaria. Ante los otros, quizás me dio un ataque de timidez por algún lejano trauma infantil.
                Pero me volvió a ocurrir. La siguiente vez con alguien con quien el pánico escénico no podría entrar en categoría. De pronto, a la mitad de la acalorada tertulia, simplemente, sucedió. Pensé que era ocasional y no le di importancia. Pero volvió a ocurrir, con misma pareja y luego con otras. Hasta que comprendí que no había remedio. Estaba hecho un idiota. Mi cabeza había dejado de funcionar.
                Dejé de tener ideas. Me pasó una vez, me pasó otra y otra más. Y tengo que soportar esa cara de compasión, esa voz de no pasa nada, cada día cuando alguien llega buscando la frase punzante, o al menos graciosa, y no encuentra más que el reciclaje de varios años de repetirlas y ya nada les sorprende. O cuando quieren otra teoría sobre el mundo y yo me oigo repitiendo lo que dicen los noticieros y la tesis de la señora de los melones.
                Tal vez sí sea la depresión, el estrés, las 2 cajetillas o la chingada madre, pero, en este caso, no hay pastillita azul que nos salve la mañana.
Me sumo al diurno andar de los otros bípedos que, como yo, igual que yo, se dirigen al trabajo. Hablando del último partido de la selección (¡Qué pedo con Pachequito!), de lo mal que maneja el chofer del autobús (¡pinche pendejo!), de lo buena que está la nueva secretaria (¡qué nalgotas!) y, felizmente, me doy cuenta que no estoy tan solo. Que yo los veo a ellos como ellos me ven a mí y vamos entrando de 2 en 2 a la oficina.  El mal de mucho es consuelo para nosotros.