miércoles, 24 de febrero de 2010

Un cuento de princesas

Dos gruesas gotas de sudor me escurrían de las patillas. Sentía latir el corazón en mis sienes, en mis miles y en mis pares. Tropecé 2 ó 3 veces porque mi enorme paquete me hacía caminar a trompicones. Me enredé con el cordón de otro que venía en sentido contrario por la misma acera, con la misma indignidad, aunque con menos malabares. Con huidizas miradas y chapitas carmesíes nos sonreímos, nos desenredamos y seguimos, ocultándonos detrás de nuestras respectivas bestias. Entre aquella parodia del infortunio, una centella de orgullo brilló en mis ojos: el mío era más grande. Como siempre, el tamaño es lo (único) que importa.

Cuando entré al lugar, todos voltearon a verme. Docenas de ojos me veían, no sé si con compasión, con solidaridad, con infinita lástima o con total envidia porque, sí, el mío seguía siendo más grande. El sudor aumentó, el nerviosismo también. Como pude, busqué una mesa vacía y esperé; sentado, por supuesto.

En los siguientes 45 minutos pasé del nerviosismo a la ansiedad, de la ansiedad al aburrimiento, del aburrimiento a la resignación, de la resignación al nerviosismo, del nerviosismo a la ansiedad, del… etcétera.

Todos ahí presumiendo sus tamaños y sus bestias. Todos ahí con sonrisas timoratas y toqueteos exiguos. Todos ahí luchando por el desenrede de sus cordones y ocultando sus miradas de los demás, sabiendo, sin saber, que era el inicio de un futuro lleno de bestias transfiguradas. Vocecitas aniñadas repetían las mismas frases una y otra y otra y otra vez. Ojitos escurridizos, manitas que se batían en retirada, labiecitos minúsculos mordidos a medias. Luego, uno que otro berrinchito por un comentario inapropiado, múltiples disculpas, más manos en retirada hasta que, después de un largo rato, otra vez sonrisita y miradita huidiza y el resto, antes del siguiente error imperdonable que nos sumiría por enésima vez en el mismo juego, eternamente. Y yo esperando y esperando. Pero ¿qué coño esperaba realmente? Cuando un poco de materia gris iba a hacer usado para comprender y entender que… Simplemente apareció. Y todo se fue a la chingada.

Extendiendo sus bracitos a los lados, corriendo hacia mí con pequeños pasitos que más bien emulaban saltitos como de un pato sin agua, vi sus ojitos brillando de lo que pensaba yo era inteligencia y oí su dulce, aunque un poco estridente y aguda voz, Mi viditaaaaaaaaaaa. Casi tiro la mesa al levantarme. El café se regó en el plato. Extendí los brazos para recibirla y ella no me vio. Fue directo al enorme Winnie Pooh de 1800 pesos (iva incluido) que reposaba cómodamente en la silla mostrando la panza que su minúscula playera roja no alcanzaba a cubrir del todo. Lo tomó entre sus manos, lo abrazó, lo acicaló y, después de una ridícula orgia con aquel palurdo, por fin se enteró de mi existencia y me dijo gracias mientras yo veía aquella escena muriéndome de celos. Por fin se sentó. Olvidó (¿?) disculparse por la tardanza, pero no armar la escenita porque la estúpida mesera que qué se creía no le tomaba la orden. Putete como soy, le tomé la mano a medias, ella me dedicó una sonrisa y retiró la mano, como sin querer queriendo. Mas chapitas, más gotas de sudor, acomodo en el asiento. Me contó de sus múltiples rivalidades con Susanita la del 6 y con la vieja horrible y media zorra que trabajaba con ella. Cuando llegó mi turno, le quise contar de un nuevo cuento en el que trabajaba. Ella me oía atentamente mientras barría con los ojos a las otras gentiles señoritas a su lado que, con toda su gentileza, le devolvían la mirada a su vez. Cuando terminé de hablar, tardó un poco en reaccionar porque el último video de Britney aún no terminaba en el televisor. Qué interesante, dijo por fin, jugando con el cordón del corazón en globo atado al respaldo de la silla.

El resto ya se sabe: poco sexo, mucho pudor y demasiadas lágrimas.

Cuando, con un nudo en la garganta, le terminaba de contar, a la única amiga que me quedaba, el melodrama de los últimos 8 meses y preguntaba, más a mí mismo que a ella, por qué, por qué, por qué, ella, impasible, luego de una larga fumada a su décimo cigarro, completó la idea que había quedado inconclusa justo antes de que la otra apareciera en el umbral de aquella puerta: Has tenido una relación de peluche, querido amigo, y en tanto sigas así, el globito en forma de corazón se te irá volando antes de que desenredes el hilo de donde lo sostienes.

Sigo sin entender lo que quería decir. Ella se sigue riendo de mí. Desde lejos.

lunes, 8 de febrero de 2010

Una bomba, y el vacío

La mitad de lo que soy se lo debo al insomnio. (La otra mitad se la debo al crédito bancario, que en total suma el doble de la mitad más el 345%.)

Mientras la gente duerme plácidamente, yo soy capaz de sacar mi parte artística (sí, sí, ya sé, bendito autoengaño). Así que me creo el cuento de que rimar silla con costilla o coleta con maleta puede resultar un poema subyugante. O escribo novelas absurdas que nunca verán la luz en una editorial o guiones de películas u obras de teatro. Y cuando entiendo (porque a veces lo entiendo) que mi carrera literaria es una más de mis múltiples chaquetas (mentales, de las otras no se habla por ahora), escribo notas de blogspot.

Pero hay días en que mis 2 neuronas aún vivas no conectan y entonces hay un vacío que dura hasta las 3 ó 4 de la mañana. Sin embargo, las exiguas bendiciones de este mundo capitalista posmoderno, me permiten entretenerme con la bazofia del televisor. Y no, ríanse, búrlense, hagan leña del árbol caído, NO TENGO CABLE.

Así que a esas horas las opciones son: cremas heladas para bajar de peso, una madre como columpio para hacer ejercicio y el ilustre rostro del Capitán Alborez, cuyo título es ya de dudosa procedencia.

Entre eso y el pánico de tener que decir por segunda vez que me sucede por primera vez, le di un sablazo a mi tarjeta de crédito de sólo 3899.90, con IVA incluido.

Succionar, ese es el secreto.

Primero se pone rojo, luego morado, después una mezcla entre azul y violeta, indescriptible. No, no es dolor. Es una sensación entre raro y literal "no mames".

Después de 56 minutos, por fin la cosa esa, que no me atrevo a llamar erección, empieza a disminuir y la tranquilidad regresa a la vida. En la soledad del cuarto, luego de tan vil experimento con uno mismo, vuelvo a reconocer la cara y voz del maldito capitán Alborez (cuyo título es, en definitiva, de dudosa procedencia) y descubro al lado mío la bomba que ha hecho el trabajo. Aunque el vacío, el vacío seguirá flotando en el aire sin necesidad de succión alguna.

Historias policiales.

Todo estaba intacto, sin violencia; excepto un espacio entre la ropa tendida de unos dos metros de largo. Pantalones, faldas y blusas; incluso algunos pares de calcetas de colores. Imaginé lo que faltaba de un vistazo. Infructuosamente, la chica entró a revisar si faltaba algo en el interior de la casa. Yo la dejé hacerlo para calcular la talla y saber el tamaño promedio; serían 7, a los sumo 8, las prendas faltantes. Luego, me sumí en cavilaciones profundísimas. Cuando regresó y la miré venir de frente, confirmé lo que ya sabía: las prendas robadas eran de un solo tipo.

La chica trabajaba todo el día, así que los rapaces (palabra usada en doble sentido por lo que a continuación explicaré) habían tenido tiempo de sobra. Imaginé por lo menos 2 autores. La pequeña barda, apenas de un metro, facilitó el trabajo. Una cortina se movió. Todo estaba ya resuelto. Pedí calma a la dueña y anuncié que volvería en pocos minutos. Ella me dejó ir, intranquila, pero conforme.

Fui directo a la calle adyacente. De un rápido cálculo supe cual puerta debía tocar. Un adolescente de unos 15 años me abrió y adiviné que no me había equivocado. Pedí con cortesía la devolución de las prendas. Ante su negativa, usé infalibles métodos de tortura y coerción: sería denunciado ante sus padres y, cruel como soy, lo haría también ante la chica que se sentaba justo a su izquierda en el salón de secundaria. Con esto último logré su inmediata rendición. Me entregó, sin mirarme, 7 diminutas tangas de hilo dental dentro de una bolsa de plástico rojo que parecían reflejarse con intensidad en sus mejillas. Le di los buenos días y torné con la afectada.

Primero abrió la bolsa para verificar el contenido y, al parecer, el escarlata reflejo también fue transmitido a sus mejillas. Con prisa y torpeza cerró la bolsa de nuevo mientras me daba las gracias y trataba de saber cómo había descubierto al criminal. Dejó la cuenta a la mitad. Le explique grosso modo mis deducciones: la adolescencia y una vecina suculenta vista a hurtadillas a través de una ventana son muy mala combinación para evitar ciertas debilidades e inocentes desviaciones. Omití que su escote me hizo adivinar que no usaba sostén, por lo que no era necesario buscar ninguno y que al entrar ella a la casa calculé la talla de las tangas al compás del movimiento de sus ondulantes caderas. Le pedí que en lo sucesivo no tendiera su ropa al alcance de la mano, sobre todo aquellas, tan diminutas. Ella sonrió escondiendo los ojos y el reflejo de la bolsa volvió a llegarle. Cuando me despedí volví a comprobar la gentileza de su escote. Tampoco le dije que, en el fondo de mi ser, comprendía lo que llevó a aquellos rapaces a tal acto y, al que aún miraba por la ventana, le dediqué una sonrisa de la más profunda de las complicidades.

Nunca pude comprobar si en verdad eran sólo 7 las prendas robadas. Pero me hubiera encantado saberlo tomando las medidas pertinentes sobre el cuerpo, del delito, naturalmente.

viernes, 8 de enero de 2010

Instrucciones para usar una bolsa de mujer

Todo lo que escribo generalmente es un plagio. Éste se lo debo al Mau que me ha iluminado y que, por fortuna, no escribe ni su nombre; así que, con mi nombre y en su nombre, voy de largo.

Huidizo como soy, y no afecto a prendas innecesarias, dos veces me he librado ya de la posible posibilidad, aunque improbable, de aquellas dos palabras que a la gente común le parecen contundentes ante un juez de lo civil: sí, acepto. Así que puedo andar por la vida sin mi aro de baño de oro en el anular izquierdo o, en su defecto, sin la marca indeleble de lo que el sol no ha logrado colorear del mismo tono.

Pero como soy el juez más severo de mí mismo, tengo que reconocer con humildad, con humillación casi, que soy tan huidizo como idiota.

Presunto sagaz del sortilegio, creí haber resuelto todos los traspiés que las doncellas cotidianas me iban poniendo al paso. A la habitual pregunta de "¿Qué somos? Porque mis amigas me preguntan y no sé qué contestarles", yo me adelanto un poco cuando la veo venir y les hago la misma pregunta antes de ser sorprendido in fraganti. Los resultados han sido notables. Las que mueven varias veces los ojitos en círculos son ellas, las que dicen "no estoy lista para algo más" son ellas también, las que te piden que no las llames al trabajo son las mismas que las anteriores. Si por alguna razón el paso no funcionaba, comenzaba el acoso. Llamadas a todas horas, correos interminables, ideas exóticas sobre una docena de hijos, escenarios sórdidos, la maravillosa resolución de que ellas trabajarán sólo en lo que uno se gana el premio nobel y a partir de ahí uno paga con creces, además de odio a las mascotas y a las fiestas familiares y demás artilugios.

Para los ojos entornados a la luz de las velas y un "te amo" que se suspira, supe decir, simplemente: gracias. O preguntar impasible: ¿Y cómo me amas? A lo que seguían más y más preguntas retóricas que rompían con la magia del momento.

Entre tanto, inocente y estúpido, creí salir impoluto de aquellos trances. No sabía, no quise saber, que detrás de lo que yo creía un éxito mío se escondía el más infame de los métodos de control conocidos a lo largo de la Historia.

Mi nueva conquista me dijo un día: acompáñame a comprarme una blusa. Yo, dócil, accedí. Recorrimos la tienda a diestra y siniestra y al fin, después de horas, decidió probarse un pedazo de tela insignificante. Antes de entrar al probador de chicas, me dijo con su más dulce sonrisa: sostén mi bolsa mientras tanto. Yo, dócil e ingenuo, accedí again. Miraba sin mirar unas telas de colores llamadas mascadas cuando el guía, qué digo guía, el gurú de mi destino se acercó a mí con sonrisa sospechosa. Ay, pobre de ti; nomás falta que te orinen para marcar el territorio, me dijo sin pudor alguno. Y entonces comprendí.

Como el collar ha pasado de moda, y además no es fácil de atar en algún sitio, se inventó la bolsa de mujer. Y entre más grande y más vistosa, mejor todavía. ¿Ha usted notado que, invariablemente, siempre termina cuidando una? ¿Es que en un probador de mujeres no hay percheros? ¿No es que van al baño a retocarse el maquillaje? Entonces ¿Por qué se la dejan justo en el centro de la mesa para que no se pierda? Por otro lado, para los 20 mugrosos pesos y el maquillaje chino que vienen dentro no tendríamos una pérdida considerable. Sí. Mi gurú me abrió los ojos y me hizo comprender que es un collar de sabueso al último grito del siglo XXI que contiene, indelebles, las mágicas palabras: Es mío, e idiota por añadidura. Y sí, nadie más se acerca. Nunca.

Miré a mi alrededor. Media docena de pelafustanes, todos con el hermoso accesorio, unos tomándolas de las correas, otros en el antebrazo, los peores al hombro. Sentí autocompasión, e infinita lástima. La próxima vez haré lo mismo con ella, pensé lleno de ira. Le pondré una corbata al cuello mientras yo trato de entrar a huevo en un pantalón talla 32. Imbécil y mil veces imbécil. Bastaron unos segundos para que la idea me abandonara por completo: Yo, con la puta bolsa, me veo hecho un mamarracho; ella, con una corbata al cuello, se ve deliciosamente sexy. Maldita sea, he sido derrotado. No fue difícil comprender el resto.

Ellas saben qué saldré corriendo al primer "qué somos". No es que me amen con locura: se quieren deshacer de mí. Todo es premeditado. El brillo en los ojos cuando dicen te amo no es lo que uno cree, es malicia pura, es triunfo absoluto. Y uno, estúpido-pendejo como es, se deja ir en la cruel vorágine del autoengaño.

Ella se prueba una blusa. Yo sostengo su bolsa a medio brazo mientras me pruebo a mi vez una pañalera azul cielo aceptando, sin aspavientos, el yugo opresor de mi fatuo destino: soy el principal accesorio de su próxima boda. Pero aún no lo sé y, aun después, no lo sabré todavía.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Instrucciones para beber una cerveza

Cuando una amiga mía se enteró, por un comentario ocasional, que acostumbraba beber un (os) whisky (s) de vez en cuando sin compañía, nomás por el puro gusto, decidió mandarme a alcohólicos anónimos. Soy Raymundo y soy alcohólico, dije. ¡Ah, maldito mundo de etiquetas!

Me imaginé andando por la calle mientras la gente decía: Hola, soy Mariana y estoy bien buena (sonrisa incluida); soy Alonso y soy gay (guiño guiño); soy Pedro y soy bien perro (mirada libidinosa a Mariana que sí, se cae de buena); soy Gerardo y busco pollos (quinceañeras meneando sus crecientes traseros). Cosas así. Yo diría algo como: Soy Ray y soy pobre (esto porque así se consiguen chelas gratis, hay un poco de impacto dramático y porque, en cierto sentido, es verdad, aunque no en el sentido habitual; yo, por fortuna o infortunio, como todos los días).

Bueno pues, total que Raymundo alcohólico contó, primero con timidez, luego con harto nudo en la garganta y por último con convicción oratoria, del padre golpeador (causa de traumas varios), de la madre golpeada, de los tropiezos verdaderos y también de los amorosos, literarios, laborales, conceptuales, sociales, empresariales, abstractos, materiales. En tanto, me moría por un trago. Al fin, recibí aplausos y condolencias. Luego siguió Jorge que, cosa curiosa, también era alcohólico y después Martha y Andrea que éranlo a su vez.

En esa sesión aprendí varias cosas: 1) La máxima: un día a la vez; así que no volví, con ese día bastaba. 2) Que además de alcohólico soy neurótico: odio los clubes. 3) Que, alcohólico o no, necesitaba un trago urgentemente. 4) Que Martha, además de alcohólica, era lesbiana. 5. Que Jorge impotente. 6. Que Andrea casada con un caballero galante y de ojos profundos que le hacía la vida miserable. 7. Que, en todo caso, prefiero los clubes de pintura.

La gente normal acostumbra los fines de semana. Esto se sabe que es a causa de los hábitos laborales, las responsabilidades familiares y otras minucias. De noche, hora propicia para ocultar traumas y mostrar una cara de plenitud ficticia. Muchas fiestas, muchas reuniones. Cumpleaños, posadas, navidades, aniversarios, son fecha propicia para beber y ser Armando feliz y Julia festiva y no Armando y Julia alcohólicos respectivamente.

Yo, que carezco de calendario onomástico importante, soy ateo y el único aniversario que recuerdo es el de la revolución, prefiero no usar pretextos. Y como analizando la cuestión descubrí que todo empezó por beber solo, ahora busco compañía, de preferencia agradable, y pido una cerveza oscura y me la termino a tu salud antes de pedir la segunda mientras descubro de a poco que sabe mejor, mucho mejor, cuando vamos pidiendo juntos la siguiente ronda.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Instrucciones para leer un instructivo

1. El instructivo es aquella cosa de papel engrapado que suelen traer lo mismo las lavadoras que las plumas BIC, a causa de varios tipos de iso, que no hacen lo que dicen que hacen pero hacen que todos hagan lo que ellos dicen. 2. Si usted es de los que piensa que las letras son pequeñas hormigas indescifrables, el instructivo también contiene múltiples dibujitos que le muestran gráficamente lo que usted debe de hacer para realizar la difícil operación a la que será sometido. 3. En este paso empezaremos con la parte más compleja de la operación, así que pedimos atención máxima: LEALO. No es tan difícil como parece. A lo sumo es necesario un vocabulario de 200 palabras en su idioma nativo, pero aquí le damos un brevísimo glosario: que=k. En la mayoría de ellos las palabras usan vocales (A,E,I,O,U), no se sorprenda. Si desconoce alguna de las palabras, use un diccionario. NOTA: El diccionario no viene incluido. El diccionario es un libro (libro es un conjunto de hojas juntas con letras impresas) que contiene, en orden alfabético, la mayoría de las palabras necesarias para entender una lengua y su significado. PRECAUCIÓN: es recomendable conocer el orden del abecedario para una rápida consulta (para cualquier información al respecto, visite http://www.primeraescuela.com/THEMESP/alfabeto.htm). Si tiene un niño en edad escolar, seguro que cuenta con uno que él reconocerá con el nombre de: Pequeño Larousse Ilustrado; pida asesoría. De lo contrario, puede ir a cualquier papelería mediana y solicitarlo. 4. Si a pesar de eso le resulta demasiado complicado, no desespere; para esos son los dibujitos. 5. En la primera parte encontrará recomendaciones antes del primer uso. Trátese de la menciona pluma (pluma=bolígrafo=instrumento de escritura) BIC, encontrará cosas tales como: no se use para limpiar la oreja; no se la meta a la nariz, mucho menos en el culo; no se use como arma blanca; no se necesita electricidad para su uso: favor de NO intentar conectarla. 6. Luego encontrará el dibujo del instrumento en cuestión y sus componentes debidamente señalados: 1. Tapón; 2. Punta giratoria; 3. Contenedor de tinta. 7. Después el correcto modo de usarse. Tomar por ambos extremos con ambas manos. Deslizar el tapón para separarlo del resto del bolígrafo. Poner el tapón en el otro extremo (para no perderlo, se entiende, ¡siempre se pierden!) a manera de gorrito. Tomar el bolígrafo con la mano que se usa habitualmente para escribir (la derecha, habitualmente. Para nociones de derecha-izquierda ver plaza sésamo, capítulo 2). Sujete entre el índice y el pulgar con la punta giratoria hacia abajo y apoye sobre el papel y realice un trazo. (El significado de trazo lo puede encontrar en el pequeño Larousse ilustrado). 8. Por último encontrará un breviario de qué hacer en caso de que el instrumento no funcione. Por ejemplo: Si no pinta, quite el tapón, intente apoyar con más fuerza la punta en el papel, aprenda a escribir, etc. 9. Si es el caso, adjunta vendrá una garantía. Evite usarla antes de verificar que ha realizado las operaciones correctamente. Eso le evitará la hueva de tener que ir hasta la tienda, armar un pancho de dimensiones descomunales, insultar al gerente, a la cajera y a toda la parentela de los mismo y el terrible ridículo cuando con cara de autosuficiencia, el más imbécil de todos ellos, destape el bolígrafo, lo pose grácilmente sobre un trozo de papel cualquiera y escriba, con una excelsa caligrafía y gentil sonrisa, algo como: ASÍ SE USA, PEDAZO DE IMBÉCIL. 10. RECOMENDACIÓN: Si llega a esta instancia tan bochornosa, dé las gracias y salga inmediatamente antes de que sus chapotas y el copioso sudor de las manos lo delate, no diga cosas como: ¿y ya con eso? Si falla otra vez, regreso. Ya ves, Alfonso, te dije que así era. PRECAUCIÓN: EVITE NO OLVIDAR EL INSTRUMENTO DE SU DELIRIO NI TROPEZAR CON LAS LATAS DE FRIJOLES EMPILADAS EN UNA HERMOSA TORRE DE 3 METROS.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La Calle

Se camina por la calle mientras se traga el aire,
sin dejar que el ambiente inunde los pulmones de las pupilas,
se voltea a ver el sol para saber si es hora de aflojar la corbata,
no para contemplar la luz que se filtra a través de las hojas del mundo,
se mira al mundo para pasar de vivir, sin sentir el paso y el paso de la vida,
se estudian los libros para contabilizar lo que se ha leído,
sin tramitar en la embajada el pasaporte visado al otro lado del espejo,
Se compra café por la calle para llegar despierto al trabajo,
no para que su aroma inunde los sueños y el erotismo de los sentidos
se come para vivir, no por el placer de tener el festín de una comida,
se cava una trinchera para defenderse de las hordas funestas de la rutina,
no para cimentar un castillo en el aire, de construir un imperio de niños,
se marcha a la batalla sin la esperanza de morir en ella y con la seguridad de caer prisionero,
se habla de revoluciones para vender armas en la frontera...
Se canta para enviar un mensaje, para gritar a los cuatro vientos,
para tararear la melodía que marca el compás del paso a paso,
del en vez en vez, del cuando a cuanto se oferta el milagro
de vivir para hacerle la vida miserable a la rutina,
Se mira al sol para saber que hace horas explotaron los dorados del amanecer,
para tener otro día en la búsqueda de la isla del tesoro,
para mantener un suspiro en el aire que no cotice en la bolsa de valores de una bolsa de mujer,
Se camina por la calle por el placer de sentir la piedra bajo el calzado,
se camina por la calle por la consciencia de estar de píe sobre el pavimento,
se camina por la calle por el orgullo de pararse espalda derecha, nariz desafiante,
se camina por la calle por el impulso que se crece a medida de los pasos
Si camino por la calle es para tomar impulso y con alas de cera poder volar,
Se vuela por el mundo para dejar abajo a los mortales en el camino a la inmortalidad.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Homo comunicatus II

En la primera clase del tema que tuve en mi vida me aprendí el axioma fundamental: la comunicación requiere de 3 elementos: emisor, receptor y mensaje.

A mí me pareció la cosa mas obvia del mundo y llegué a creer que el resto del semestre me la pasaría de lo más aburrido oyendo cosas de ese tipo que no sorprendían ni a un mono come bananas; así que me entretuve lanzándole papelitos, en sustitución  del jalón de trenza, a una niña de ojos bonitos el resto del semestre con la que luego tuve buen sexo y, naturalmente, serios problemas de comunicación. Ella decía cosas como: no hay problema, no me pasa nada, estamos bien; yo, en la inocencia de la adolescencia, comprendía que había un mensaje oculto en aquellas palabras, pero fui incapaz de descifrarlo. Nuestro amor se desvaneció en 1 ó 2 meses a causa de múltiples incomprensiones y, paradójicamente, pasé con 9 la materia.

Hoy en día, tengo amigos (el plural siempre evita que parezca ataque personalísimo) que tienen 3 celulares y no contestan ninguno. Si les mandas un mensaje (de texto, se entiende) tratando de acelerar el proceso con algo concreto como: ¿Nos vemos hoy a las 8 en tal sitio? La respuesta es… … … … O sea no hay. Eso generalmente suele significar: no, no puedo, tengo hueva, otro día. La lógica es simple: si es no, ¿pa’ que te contesto?

Hoy sucedió más o menos lo mismo. Mandé un mensaje, no me pelaron o mejor dicho, hubo la tácita respuesta que yo debía de suponer, así que me quedé a disfrutar un maravilloso día conmigo mismo en mi casa, o sea, rascándome las pelotas a placer. A las 8.25 me llegó uno que traslucía harto encabronamiento: Dónde estás cabrón, llevo media hora esperando. Estuve a punto de aplicar la misma y enviar mi silente respuesta que el otro debía adivinar como: estoy en mi casa en pleno rascamiento de pelotas, nos vemos otro día. Pero, gentil como soy, que le llamo para decirle que yo había entendido que no, etc. El otro, más emputado, casi me gritó: pos si nos vamos a ver entonces, ¿pa’ que te contesto? ¡Ah, no, pos sí, a huevo! ¡Cómo no se me había ocurrido!

Total que, del placentero rascamiento de pelotas, pasé a la reflexión (soy de esos que no pueden hacer 2 cosas a la vez).

Tengo un celular que en realidad es mi agenda y mi reloj con 300 números de los cuales uso 3 ó 4 con irregularidad; los otros 296 son de gente que te vas encontrando en la calle con la clásica conversación de: Qué milagro, Qué has hecho, A quién has visto, Dame tu número, Nos hablamos. Patrañas. Últimamente ya nomás hago la finta de que anoto el número, digo, ya pa’ qué nos hacemos pendejos ¿no?

Cada mañana, casi religiosamente, enciendo mi compu y entro a messenger, pa’ ver quién está. Más patrañas. Hablo con 2 personas, los otros 87 se dividen en los siguientes grupos: los que me dan hueva, los que les doy hueva, los amigos del amigo del amigo que no es mi amigo, los que hace tanto que ya no sé ni quienes puta madre son y un minúsculo grupo de amigos de a de veras con los que no hablo por ahí porque los puedo ver en un café. Ah, pero, paradojas de la vida, como ya nos encontramos todos los días online, pos ya pa’ qué nos echamos el café ¿no? Ora ya hasta decimos: te veo en messenger.

Corrección: No nos vemos. Vemos nuestros nombres o nuestros pendejos seudónimos como “lunita 37”, “estrella marinera” o “un loro que blasfema en latín”. Y nuestra conversación se ha reducido a “pepito te ha enviado un zumbido” o en el mejor de los caso algo como: k pd w n mms k pt hv. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡?????????????

Esta mañana, me pasé una hora tratando de contestar un mensaje en facebook (que, si no lo ha notado, se traduce literal y absurdamente, como libro de caras). Mientras me perdía en miles de madres que decían cosas como: pepito cogió con pepita, pepita cogió con juanita, juanito cogió con pepito y pepito se hizo gay, me saludaron 2 ó 3, que también tengo en messenger y en donde nunca hablamos, y cuya conversación resultó imposible. A tanto, mientras me preocuba  más y más por la actual tendencia sexual de pepito, decidí mandar como pude un mensaje multitudinario y mandar la cosa esa a la chingada hasta el próximo año que tenga que responder más mensajes de felicitación y donde volverá a ser de alguna utilidad. En la fotos de pepito se veía a las claras que sí, pepito era putísimo desedendenantes, pero eso sí, muy feliz, como el resto de los que ahí habitan y yo, que no soy feliz ni quiero serlo, no tengo una cara sonriente que mostrar en aquel libro cuyo nombre mejor sería happyidiotfacebook.

Cheñoras y cheñores, niñosh y niñash, caramelos y bolitas, ¡Extra, extra, en pleno siglo XXI tenemos un problema de sobrecomunicación! No hay forma de no hacerlo y, sin embargo, no nos comunicamos con nadie. Un zumbido es una versión muy chafa de mensaje, una happyidiotface no sé si tenga otro además del evidente y tener 18 celulares y 98 cuentas de correo no sirve para un carajo si no hay esa obviedad de: emisor, receptor y mensaje. Y sería más lindo, más funcional digamos, que además la cosa fuera bidireccional, pero parece que eso es mucho pedir. No hay mucho qué pensarle, le juro que tengo razón.

En otra clase, esa de filosofía, se discutía el asunto de: ¿el ruido existe si no hay nadie que lo oiga? Y yo digo: ¿Habrá comunicación si en el juego del emisor-receptor no se invierten por fuerza los papeles e intentamos que el mensaje, cualquiera que este sea, llegue a su destino y, en el mejor de los casos, se comprenda y reciba una respuesta?

Los profetas de la comunicación no nos avisaron que en este caso y, en contra o a favor de Maquiavelo, el problema no es el medio sino el fin.

martes, 27 de octubre de 2009

31, oiga usted

Por una amiga me acabo de enterar que hoy cumplo 31 –años, meses, días, horas- qué importa.

De todas maneras, son pocos para hacer literatura, suficientes para coleccionar desilusiones, bastantes para enamorar rapaces doncellas menores a 29 y, sin embargo, sucede, así de pronto. Sin clasificar el aviso, sin edicto en primera plana.

Me acabo de enterar que los niños me dicen señor, las quinceañeras  me piensan medio raboverde, las veinteañeras interesante y las treintañeras como prospecto de no sé qué diablos.

Acabo de saber que ya no tengo la vida por delante porque la he alcanzado definitivamente, que ya me empieza uno que otro achaque y que las canas van a empezar a surgir de modo irremediable.

Como sea, me empiezan a aburrir las pláticas insustanciales, es decir que estoy en el borde de cruzar la línea de ser del clan de los amargados y de empezar a escuchar algo como guru, guru, guru, guru en lugar de una conversación con sujeto, verbo y predicado; empiezo a preferir la buena conversación al sexo sin nombre de la participante y el ruido, como siempre, me sigue cagando grandiosamente.

Me sigue gustando el cine sin interrupciones, el whisky en las rocas y leer hasta las cuatro de la madrugada. Me como lentamente lo que puedo, me bebo más de lo necesario y me juego a medias hasta lo irremediable.

A la mitad del camino de nuestra vida dijo Dante y yo, a la mitad de la puta madre, sigo esperando que Virgilio me dé un tour por alguno de lo círculos del infierno, aunque a veces tengo breves bosquejos de lo nunca imaginado.

Me han querido a medias y he querido a cuartos. Mi colección de deudas crece y comienzo a comprender en vivo lo que es una crisis económica (de las crisis de las otras es mejor si no les hablo).

No soy feliz aunque no tengo razones para no serlo. Sigo sin desear con demasiado deseo, sigo sin comer aprisa, sigo sin querer sin miedo.

Repito de memoria versos que me han plagiado antes de que se me ocurrieran, Quevedo, Serrat, Hernández y Machado; a duras penas logro una prosa trompicada y un verso de vez en cuando.

Sigo sin saber lo que quiero, aunque saber lo que no quiero ya me parece ganancia. Sigo fumando hasta tarde y disfrutando como nada el primer cigarro de la mañana.

De ser puro talento pasé, sin darme cuenta, a conceptos, a frases, a instituciones, a puro saber acartonado y, de entre tanto decir lo que pienso, lo que digo dejé de pensarlo.

Mis amigos han aprendido a decir, qué bien, por no atreverse a decir qué diablos, y en el colmo del absurdo, escribo notas y hago fiestas de cumpleaños.

miércoles, 7 de octubre de 2009

En el asiento de atrás de un coche

Si usted conduce es el protagonista de esta historia, si es el copiloto, también.

¿Nunca se ha dado usted cuenta de lo neurótico, divertido, maniático, eufórico, depresivo, carente de autoestima o presunto dueño de una situación que, reconozcámoslo, aquí entre nos, nunca domina cuando va al volante?

De pronto, como por arte de magia, se activan sus antenas detecta pendejos. Por un misterio, imposible de dilucidar en esta nota (puesto que merece un ensayo profundo que se llame “el laberinto de la pendejez”, “posdata” y “vuelta al laberinto de la pendejez”), delante de usted siempre va el más imbécil de los imbéciles, la mujer más tarada de la historia, el tope más gigantesco nunca antes visto (recordará a sus interlocutores que sólo en México existen esas madres, porque ah, si viviéramos en Berlín no habría necesidad, etc.), el semáforo más innecesario del mundo, el bache más profundo del infierno, el crucero menos inteligente del planeta, el microbusero más gandúl y sí, el perro más perro de todo el departamento de tránsito.

La situación puede variar de acuerdo a la hora, el lugar, la circunstancia. Pongamos por ejemplo las 14 horas de un jueves cualquiera.

Por motivos del todo incomprensibles, resulta usted victimado por un tráfico espeluznante, por la salida desbocada de rapaces colegiales y sus dulces mamitas que han decidido instalarse en doble fila esperando al dulce angelito sudoroso, mugriento y sofocado que tiene a bien derramar sus canicas y ponerse a recogerlas de una en una mientras usted, sensato, paciente, comprensivo conductor, espera, espera, espera.

Podrían también ser las 2 de la mañana de un sábado y usted traer sus copitas de más y no importaría de todos modos. Delante de usted pasaría, en su coche recién comprado, el adolescente más irresponsable de la historia que pretende estrellarse en el siguiente semáforo y usted, prudente como es, da a su acompañante la crítica sobre esta juventud insensata que se lanza a la perdición.

Reconozcamos que usted es un conductor con mala suerte, qué remedio. El mundo lo odia y usted, en recíproca armonía, odia a todo el mundo.

Pero mientras vaya solo, seguirá siendo el dueño, único e indivisible, de ese hermoso bello momento de estar al volante en su pequeño carruaje de gloria. Pero…

¿Qué hace cuando junto a usted, como su mejor compañía, como su soporte, como alguien que lo comprende como nadie, va su linda, bella, dulce, novia, esposa, amante, movida, quelite y/o todas las anteriores?

Qué hace usted cuando con dulzura le dicen: Mi amor, mi vida, mi cielo, ¿¿¿¿¿por qué carajo no te fijas cada que pasas un tope?????? ¿No crees que vas muy rápido? ¡Cuidado, casi le das! ¡No, tú fuiste el que se atravesó! ¡Siempre haces lo mismo! ¿Qué nunca te puedes fijar? ¡Ay, Manejas horrible, un día nos vas a matar!

Lo sé, lo sé. Con esa incomprensión destruyen su pequeño reino y le aumentan una neurosis más a su difícil labor de conductor resignado.

Es esa la prueba 576576-67677/768 de que usted lleva el volante honorariamente, pero alguien más es el (la) que dirige no sólo el coche, sino también su paupérrimo destino.

Pero no se sienta solo. Lo he vivido también, aunque yo en el asiento de atrás de su coche. Y, créalo, suele ser harto interesante y genera varias teorías sobre las relaciones de pareja, la comunicación, los métodos de control y otras minucias que contaré otro día con un poco más de calma.