jueves, 4 de agosto de 2011

Instrucciones para dejar de escribir III. Prender la compu

La verdad tiene que ser dicha, mentirme a estas alturas ya es cobardía. Prender la computadora ya no es el ritual romántico de meter un papel en la máquina de escribir de antaño - esperando que lleguen las musas - ni tampoco tomar una pluma y una libreta es el acto completo de escribir si quieres ser leido, porque de todas maneras todo lo que has escrito de puño y letra habrás de pasarlo a la PC, porque ningún editor te va a recibir (y ni pensemos leer) con esa pinche letra. Hoy prender la computadora es un ritual muy distinto. Es una especie de viacrucis con nueve estaciones (por lo menos) que reducen el tiempo real de escritura – pura y dura – al ridículo. Aceptémoslo, usar una computadora sin internet es tan divertido como mirar infocomerciales de 30 minutos. Al principio te puede interesar, pero a los 5 minutos cualquier excusa es buena para hacer otra cosa. Sacarse un moco es más interesante. Entonces, sentarse “a escribir” (con reloj en mano) hoy significa:
  1. Prender la compu y esperar a que cargue todos (toooodoos) los programas. Mirar la pantalla mientras el sistema se actualiza (lo que hace 4 veces a la semana... de verdad necesita tantas pinches actualizaciones?) Que te avise que el antivirus lleva ya 348 días inactivo y que tu computadora (va a valer madres) está en riesgo. Tiempo aproximado: 3 minutos
  2. Conectarse a Internet. Esperar que el Messenger se cargue y nos avise que tenemos 14 mensajes nuevos en nuestra bandeja de entrada. Tiempo: 9 segundos
  3. Abrir el Messenger y checar quien está conectado. (generalmente nadie interesante, siempre los mismos) y de los 329 contactos que tienes, a 317 no les hablas ni alcoholizado. La mayoría siquiera sabes quienes son. De cualquier manera es el ritual. Tiempo aproximado: 20 segundos
  4. Abres tu bandeja de entrada de Hotmail. Tiempo: 8 segundos
  5. Checas que, otra vez, nadie te ha escrito, borras las cadenas pendejas que ya leíste y mandas al carajo la publicidad. Tiempo: 30 segundos
  6. Pero eso sí, te lees las pinches cadenas de chistes y las que no te habías leído (que ya son pocas), abres el link de ese video, te lo chutas, luego abres esa presentación.ppt y también te la chutas y luego le pones REENVIAR y lo mandas a la pinchemil-bola de pendejos que tienes en tu lista para que ellos también (se chinguen y) los abran. Tiempo aproximado: 20 minutos
  7. Si por alguna razón muy extraña, tienes un correo escrito especialmente para ti, de esos en los que tu eres el único destinatario y que tienen tu nombre de pila al principio y te los escribió alguien que sí conoces y que se despide diciendo Saludos o besos o abrazos o pellizco en la nalga… entonces no lo dudas y le contestas. (pero como eso es muuuuy raro, casi no mereció inciso ni mención de tiempo)
  8. Checas la carpeta de Spam, por aquello de las cochinas dudas y compruebas, por centésima vez, que sí funciona y que no, aquella editorial, la oferta (real) de trabajo, aquella vieja que te prometió escribir no han ido a parar ahí. Tiempo: 20 segundos
  9. Abres tu correo de Yahoo y de Gmail (si los tienes) y repites los incisos del 4 al 8. Tiempo: 12 minutos.
  10. Al final, como cereza del pastel (y sólo al final por que la culpa no te dejaría hacerlo desde el principio) los Dioslosbendigaporexistir (y con ustedes…. Taran taran…) ¡Facebook!!! y ¡Twitter!!! Esas plataformas que, aunque te duela aceptarlo se han convertido en tu única forma de socializar… Donde pueden pasar dos cosas:

a) No hay nada nuevo

Es decir:

  • a.1) No hay fotos nuevas de “tus amigas” las mejorcitas
  • a.2) No hay links buenos para seguir
  • a.3) De ayer a hoy nadie quiere ser tu amigo ni nadie nuevo te sigue.
  • a.4) Tu granja está igual de jodida y sigues siendo pobre (también) en el mundo virtual.
  • a.4) Nadie ha publicado nada en tu muro, no hay notificaciones para ti y la bandeja de twitts está llena de frases como: "Estoy comiendo", "Estoy cagando", "La vida es maravillosa y vale la pena ser vivida", "Nadie sabe para quién trabaja", "El mundo es una mierda y el presidente es un pendejo". Y demás cosas sin importancia, pero más bien sin trascendencia ni contextualización. El nuevo mundo del twitt.
  • a.5) De todas maneras, respondes uno que otro, le das me gusta a otras tarugadas aunque no sea cierto y pendejeas un rato enterándote de la vida de gente que ni le importas ni te importa (demasiado… si no para que...)
  • a.6) Y posteas alguna de las frases célebres que te brincan en la cabeza (igual de idiotas) para que otros, que tampoco les interesa, igual comenten. Tiempo mínimo (de todas maneras) 40 minutos.

O bien:

b) Música para tus ojos:

  • b.1) Tres personas quieren ser tus amigos, los aceptas y visitas sus perfiles para ver quien chingaos son.
  • b.2) Las dos ex-compañeras más sabrosas de la ex-preprimaria han subido fotos de sus últimas vacaciones en la playa y sólo son 514… Las miras todas.
  • b.3) Tu vieja te etiquetó en 14 fotos de la última borrachera y te pones a re-etiquetar, comentar y contestar los mensajes.
  • b.4) 4 personas han publicado algo en tu muro. No importa que, comentas.
  • b.5) 3 políticos que ni conoces twittean su último hallazgo mental, su última estupidez, su descubrimiento del agua tibia y te enfurece. Lo retwitteas y comienza la chorcha.
  • b.6) Etc, etc, etc… Tiempo: toda la puta tarde y el resto de la noche.

Para ese momento, tu “tiempo sagrado de escritura” se ha vuelto una estúpida ilusión. Faltó mencionar los tiempos para leer las noticias, checar el blog, Youtube, chatear con tus (tres) amigos y el demás chingo de pendejadas que ofrece Nuestra madre Internet. Cuyo único hijo muy amado, Google, ya no está sentado a la derecha del padre, sino de Facebook. Si tienes suerte, si los astros se alinearon y tu vieja se fue a cenar con sus amigas, tal vez (quizás) tendrás 20 minutos reales para borronear eso que querías escribir, aunque a veces (casi siempre) ya no queden ganas, ni inspiración ni nada… y entonces, lo dejas para mañana.

Vargas Llosa estaría orgulloso.

miércoles, 13 de julio de 2011

Mal de muchos

—Te juro que es la primera vez que me sucede. No sé qué pasó —mentí por enésima vez. La frase era mentira; la vergüenza no.
                Ella, tan comprensiva como siempre, me acarició el cabello, me miró como se mira a los niños cuando se han embarrado el gerber por toda la cara y, tratando de disimular su infinita lástima, su infinita desilusión, su infinita frustración, me dijo con la voz más dulce que pudo: todo está bien, mi vida.
Le agradecí la compasión y me prometí a mi mismo no volver a defraudarla.
La siguiente vez estaba muy ocupada. La siguiente estaba muy cansada. La última estaba en el mismo café con un nuevo interlocutor.
Fue entonces que yo sentí la frustración infinita, la desilusión infinita, la infinita lástima cretina, por ella, es decir, por mí.
                Dicen que la causa está en los años, el estrés, las 2 cajetillas diarias, la falta de irrigación sanguínea, la ansiedad, mi crónica depresión, mi crítica desesperación o hasta en la falta de vitaminas. Por separado o todo junto.
                La primera vez que me pasó —la verdadera primera vez o, al menos, la primera recordable— fue un día en que lo intenté en grupo. Aquella vez se lo adjudiqué al pánico escénico, a una crisis multitudinaria. Ante los otros, quizás me dio un ataque de timidez por algún lejano trauma infantil.
                Pero me volvió a ocurrir. La siguiente vez con alguien con quien el pánico escénico no podría entrar en categoría. De pronto, a la mitad de la acalorada tertulia, simplemente, sucedió. Pensé que era ocasional y no le di importancia. Pero volvió a ocurrir, con misma pareja y luego con otras. Hasta que comprendí que no había remedio. Estaba hecho un idiota. Mi cabeza había dejado de funcionar.
                Dejé de tener ideas. Me pasó una vez, me pasó otra y otra más. Y tengo que soportar esa cara de compasión, esa voz de no pasa nada, cada día cuando alguien llega buscando la frase punzante, o al menos graciosa, y no encuentra más que el reciclaje de varios años de repetirlas y ya nada les sorprende. O cuando quieren otra teoría sobre el mundo y yo me oigo repitiendo lo que dicen los noticieros y la tesis de la señora de los melones.
                Tal vez sí sea la depresión, el estrés, las 2 cajetillas o la chingada madre, pero, en este caso, no hay pastillita azul que nos salve la mañana.
Me sumo al diurno andar de los otros bípedos que, como yo, igual que yo, se dirigen al trabajo. Hablando del último partido de la selección (¡Qué pedo con Pachequito!), de lo mal que maneja el chofer del autobús (¡pinche pendejo!), de lo buena que está la nueva secretaria (¡qué nalgotas!) y, felizmente, me doy cuenta que no estoy tan solo. Que yo los veo a ellos como ellos me ven a mí y vamos entrando de 2 en 2 a la oficina.  El mal de mucho es consuelo para nosotros.

jueves, 30 de junio de 2011

Instrucciones para dejar de escribir. Los Treintas

1
Un día cumples treinta. Y escribir se vuelve una cuestión de honor, un asunto entre ser un hombrecito de verdad o ser una caricatura de mentiritas.
Porque ya contaste a todos los que se dejaron que lo-tuyo-lo-tuyo-es-ser-escritor, que lo demás es sobrevivir, cumplir y pagar las cuentas en lo que te descubren, en el mientrastanto. Ya atolondraste a los amigos despistados con razones y justificaciones editoriales. Ya le sacaste jugo (y muchos préstamos) a la mirada de orgullo de tu madre. Ya te aprovechaste del marketing mediático que da ser escritor entre jovencitas post-pubertas y hasta te sacaste de encima a las mas intensas y enamoradizas, tantas veces como te fue posible hacerlo, con un pretexto sublime: “No me molestes, estoy escribiendo”.
Pero el tiempo pasa y no publicas un carajo, y los amigos empiezan a verte con sospechosismo, la mirada de orgullo de tu madre se transforma en muecas esperanzadas. Y las mujeres, por turnos, simplemente se aburren y se alejan detestando el día que te conocieron. Es entonces cuando se vuelve una cuestión de honor. Y hay que ponerse a escribir.
Y otra vez la maldita vocecilla - "No sabes escribir" - y otra vez todos los demonios - Saramago Cortazar Borges Miller Kundera Vargas - y ahí vamos de nuevo con la película de terror, pero ahora con los treintas encima y a luchar con la hoja en blanco y todo eso que que es horroroso pero que ya no importa…. ¡Hay que ponerse a escribir!!
2
También te encuentras con la nueva (aunque conocida) que de intentarlo no se come, y que unas cuantas cuartillas inentendibles no pagan las rentas, ni la luz, ni el teléfono, ni el internet ni el cable, ni las salidas a bailar (con sus tremendas cuentotas) porque tu vieja empieza a sentirse abandonada. Y además, tienes la maldita costumbre de comer todos los días. Así que antes de sentarse a escribir hay que cumplir con la sociedad; esa que paga los consumos y sufraga los gastos. Y hay que buscarse una profesión (léase: cualquier actividad por la que alguien te pague), porque como dirían los expertos en la vida y los que dicen que saben “no se puede vivir comiendo de sueños”. Y hay que chingarle (lease: trabajarle, chambearle, lamerhuevosle, y si patrón-no patrón, enseguida jefe). Y además (para acabarla de joder) hay que empezar desde abajo, “porque así empezamos todos mijo”. Y con esa idea en la cabeza te consigues un trabajo para costear las cuentas y comprar la comida y pagar la renta y el teléfono y la luz.
3
Y entonces, de (querer) ser un escritor profesional, romántico y bohemio a tiempo completo, una mañana te despiertas y te das cuenta que te has convertido en un clasemediero buenoparanada sin ambiciones, que llega a la quincena por obra y gracia de la inercia. Nunca tienes dinero ni te vistes totalmente palacio.
Y claro añoras dinero y poder absoluto para hacer lo que te de la comprada gana. Lo que pasa es que el tiempo libre (que ya no es mucho con una jornada de 8 a 8) no lo dedicas a producir más dinero, ni a tener un segundo trabajo, ni a generar proyectos de negocio que se conviertan en grandes empresas que alimenten a muchas familias y de paso a la economía del país. Y tampoco te dedicas a las relaciones públicas, no te codeas con la socialité para que te saquen de pobre.
En vez de eso, el tiempo se te pasa (verdaderamente de largo: ¿Apoco ya son las 11?) en leer mucho, mirar el techo y pendejear, en caminar para inspirar (a la puta musa, que eso de la hueva se le da muy mal) (y pero a ti eso del correr se te da peor), fumar en exceso, emborracharte de vez en cuando, en mantener cafeterías (con azúcar y cremita por favor), y socializar con apenas dos o tres frustrados intelectualoides que están tan en la mierda como tu y que claro, no piensan sacarte de pobre, porque no pueden, no saben como, por eso te llevas con ellos, por eso se llevan contigo.
4
Y hay que ponerse a escribir. ¿Pero a qué hora? Pues por las noches, cuando se puede, cuando se tienen ganas, cuando no llegas exprimido de las 14 horas de trabajo idiota, cuando se combinan en una ecuación (escandalosamente rara) tiempo + ganas + inspiración + tu vieja no está chingando = a letras seguidas de letras = a párrafos seguidos de párrafos.
Porque te sientas frente a la compu y tu mujer, que ya no cree en los reyes magos, con la mirada hastiada y aburrida te lo dice: ¿Cómo… otra vez ahí aplastadote haciendo nada?... por lo menos si me ayudaras un poquito… si tan sólo lavaras los trastes… Y ahí va uno: dejas de escribir (en realidad dejas de mirar la pantalla tratando de encontrar ese pinche verbo que te falta, que no llega, que no aparece) y te paras a lavar los trastes, después de lo cual hay que limpiar el patio, preparar la cena, platicar un rato - "porque no me has pelado en toda la noche "- y después hay que dormirse temprano porque mañana se nos viene e c s a c t a m e n t e la misma puta y pinche rutina (a veces mas puta que pinche y a veces… ya se sabe).
La lección es clara, pero inentendible para uno: !Deja de escribir y ya ponte a trabajar!!! HUEVON!!!

viernes, 24 de junio de 2011

Vida larga

Un día, teniendo que llenar una forma para pagar impuestos, de esas que te piden hasta tu talla de calzones y el tamaño aproximado de tu pene, cuando tuve que escribir mi edad y mi fecha de nacimiento, me di cuenta: hacía 13 días que tenía un año más de vida y apenas me daba por enterado. No hubo felicitaciones y, por tanto, no hubo móvil para el recuerdo. Haciendo memoria, creo que ese día fue uno en que me atrapó la lluvia a la mitad de la calle y entré escurriendo al cine dejando el asiento con sospechosas muestras de incontinencia.

                Me suele ocurrir a menudo (el olvido, no la incontinencia), hasta que algún viejo conocido me llama para felicitarme (aunque no exista motivo serio de felicidad) y desearme una larga vida, lo cual agradezco con gentil sonrisa mientras pienso que ojalá la boca se le haga chicharrón.

                Nunca he sido afecto a los festejos y en mi cabeza no deambula jamás la ilusión por el próximo cumpleaños. Si el mío lo olvido, soy incapaz de recordar los ajenos. Sé algunas fechas, pero, justo el día, no las tengo presentes, lo cual me ha llenado de innumerables reclamos a los que me he acostumbrado a no prestar atención ni sentir culpa alguna. El único cumpleaños que he recordado anualmente,  ya no recuerdo por qué ni hago saber que lo recuerdo a el/la interesado. Está bien, está bien, es la, no hay forma de ocultarlo, es de esas cosas que hasta por omisión se han vuelto costumbre.

                Veo, de pasada, los festejos de los otros, las manías que se incrementan, las fobias que permanecen, los errores que se acumulan, las quejas que se van sumando, los achaques que se van volviendo parte de la vida y las crisis que se repiten cada tanto y de las cuales no comprendo nada, puesto que, desde los 15, no he vuelto a tener otra; con esa misma me he mantenido desde entonces.  He visto nacer ilusiones y derrumbarse casi todos los proyectos, me han mojado el hombro 200 veces y he regresado con varios gramos de mocos, lágrimas y saliva sobre la camisa docenas más. He asistido a más bodas de las que me he dado permiso y es preciso cambiaren whisky por globos y confeti cada tanto. Lo que uno tiene que soporta a causa de los amigos. Y, sin embargo, así es como se van quedando, así es como se van haciendo.

                Si yo fuera el mejor de los amigos, crucificaba al de este cumpleaños, para evitarle el próximo fracaso y el próximo achaque; para mantener limpia de mocos mi camisa por la crisis 33.5 que se avecina; para ver si resucita o, de perdis, para fundar alguna religión que nos saque de pobres a los que nos quedamos, con su mujer como principal beneficiaria; para que se muera y evitarle el riesgo de que dejen de quererlo; para que ya no pueda desilusionarse cuando descubra que todo lo que he escrito, y que me aplaude sin cesar todavía, se lo he plagiado sin piedad tantito a Borges, tantito a Kafka, tantote a Cortázar y muy últimamente a Bolaño, a Auster y a Kundera. 

            Pero, como ni soy el mejor, ni quiero serlo, me declaro del todo egoísta y vengativo.

Habrá que desearle larga vida, nomás para que vea lo que se siente. Para que tenga que soportarme él a mí con mis próximos fracasos y frunza el ceño más veces mientras intenta adivinar si me estoy riendo de él o de mí o de ambos y trata de comprender el trauma que ha sido la causa de mi pinche risa. Para que tenga a quién escupirle a la cara cuando, de nuevo, una ilustre señorita cocine mi corazón al horno y los corte en rodajas alrededor de un plato para una muestra de cocina internacional y alguien pueda venir a decirme por segunda vez que tenía que vivirlo por primera vez. Porque no quiero ser el único con derrame cerebral cuando la vigésima taza de café cumpla su promesa y, sobre todo, porque, con derrame o sin él, es mejor cuando la vigésima taza es culpa de una conversación de 4 horas y no soy el único responsable de que el cenicero se desborde y haya testimonio de la frase pendeja que se me escapó de improviso. Aunque por fin se atreva a leer a Joyce y ya no pueda sorprenderlo cuando intente citarlo. Aunque me haga ir otra vez a un bautizo. Aunque me aconseje pensar en mi madre antes de hacer lo que ya no voy a hacer. Aunque me eche en cara mi perpetuo autosabotaje y la vieja historia con mi padre. Aunque el muy hijo de puta me quite por fin el último pretexto que tenía para terminar un libro y me manda a la gris caverna de las editoriales y me obligue a publicarlo, nomás para llevarme la contraria. Aunque insista en dejarse manchar a su vez la camisa y, a pesar de mi puñetera vergüenza, vuelva a aparecer el siguiente jueves como si nada para obligarme a escribir otras 2 páginas de corrido y embarrarme en la cara que terminar algo no es tan imposible y horrorizarme al comprender que, a fuerza de costumbre, a fuerza de contagio, uno también se está volviendo tan cursi como para volver a creer en algo y hasta para creer que no es tan imposible que no dejen de quererlo.

martes, 14 de junio de 2011

Instrucciones para dejar de escribir. Primeros pasos...

Cada vez que escribía una carta de amor deslumbraba a chavitas quinceañeras babotas que me querían querer. Eso me patrocinaba besos menos pudendos y fajes con más tentáculos, además de la muy esperada (todo sea por la egoteca) frase admirativa, en la que me confesaban, a veces hasta con lágrimas en los ojos, que nunca nadie les había escrito nada tan bello, que aquellas palabras las habían transportado al país de las maravillas, ese país en el que ellas jugaban a ser princesas y a mí me asignaban el nada aburrido rol de príncipe azul que las rescataba del gran dragón del tedio en el que se habían transformado sus vidas. De vez en cuando más de una noche de sexo y muchas - muchas - chaquetas. Por supuesto que al cabo de un rato, la-novia-en-turno empezaba a darse cuenta que el sexo era malo, que la palabrería agotaba y que las cartas no pagaban las salidas al café ni las entradas del antro. Entonces ellas encontraban (como por arte de magia) otro príncipe azul que las rescataba del tedio de una relación tan-llena-de-amor-tan-puro, las montaban en su corcel (azul plateado) y las llevaban a Ixtapa, Acapulco, Tepoztlan, o San Miguel. Donde las cartas de amor se transformaban en billetes verdes que sí costeaban las cuentas y hasta alcanzaban para pagar un buen orgasmo (o cinco o seis dependiendo de la dádiva)
Mi corazón roto y desubicado pronto se derretía en una serie de cartas llenas de dolor y reclamos refritos que ellas y el hijo de su puta madre (léase: nuevo príncipe azul) relegaban a sus propias egotecas.
Pero siempre venía otra y luego otra y luego otra que me leían y mantenían mis ideas grandilocuentes, petulantes y egocéntricas. Y aunque el sexo siempre se venía abajo, la egoteca se llenaba y no había poder humano que me hiciera cambiar de estrategia.
Pero no hay mal que dure cien años ni pendejo que lo escriba. La maldita madurez me vino a enseñar que mi egoteca estaba llena de amores gastados y ganas de ser queridas. No de grandes frases y ni buenas letras. Ni siquiera de textos medianamente fumables. Me leía y me horrorizaba (después de leer a Saramago nadie se repone). Después de 100 años de soledad mis gritos de auxilio en las cartas sonaban a canciones de Arjona (que por ese entonces brillaba con alcanzar una estrella). Después de la insoportable levedad del ser mis intentos de seducción epistolar parecían ladridos de perro en celo. Después de enterarme que hay 20 poemas de amor y una canción desesperada mis rimas sonaban a canciones de Arjona (si ya sé que ya lo dije, se me acabaron las metáforas horrorosas)
La moraleja siempre acababa (junto con el final del libro) en lo mismo: Tu nunca vas a escribir como este, ni como ese, ni como aquel. Tus pinches cartas no merecieron ni ser escritas, que vergüenza y que pena me daba con mis (ex)lectoras.

miércoles, 8 de junio de 2011

Terrible día de oficina.


La burocracia es mala, hasta que le llega a uno.
9.00 am Hora de entrada. Con 15 minutos de tolerancia.
9.20 Café, galletitas, conversación de últimos acontecimientos, el desliz de la de presupuestos, el divorcio del de inventarios después de ser atrapado in fraganti con la de presupuestos, últimas conquistas.
9.55 Encender computadora. Mail. Actualizaciones en facebook. Noticias en twitter. Ella hoy sí escribió, respuesta inmediata. Pinche gente, no tiene nada qué hacer y se pone a etiquetar fotos con los 200 tipos de la generación. Chistes varios sobre el tema del día.
11.16 Revisión de pendientes.
12.00 Inicio con el primer pendiente de la lista. Pinche calor. Martita, prenda ese puto ventilador de mierda.
12.30 Si no llega el cabrón de Martínez con los informes, no podemos avanzar.
12.50 Martita, dile al Lic. Romero que no estoy.
1.10 Pídase unas cocas, Martita.
2.00 Vámonos a comer, Martita, al rato acabamos.
4.15 Cómo tragué, carajo. Y la chela me dio sueño.
4.20 Ese video está poca madre.
4.35 Qué buena se está poniendo esta vieja, me cae.
4.55 Qué carajo pasa con esos reportes.
5.10 Cuánta pendejada pone la gente en esta madre.
5.40 Aquí están los reportes, Señor. Ya para qué, ya no da tiempo de nada. Mañana le seguimos.
6.00 Qué pinche día, me cae. Y todo por ese pendejo de Martínez. Si fuera rico no tendría que pasar por estas mamadas.

jueves, 2 de junio de 2011

Día para cortarse el pelo.


Uno se levanta todas las mañanas y se mira en el espejo. Necesito un corte de pelo; urgente. Por qué diablos crecen los pelos en la nariz. La barba de un pelo sí y tres no de veras que no se ve nada bien. Abuelita, por qué tienes la boca tan grande. Ojera sobre la ojera. Nariz de anchoa. Todo en su sitio. A todo se acostumbra uno. Hay artilugios que convierten los defectos en virtudes. Nada de aguacates ni pepinos, con un justo medio basta.

Este mundo es una máscara perpetua. Hay que vender y hay que venderse. Esa pinta de vagancia y desaliño puede funcionar como desapego a lo material, como preocupación por lo profundo. Lo feo se hace kitch y lo raro interesante y exótico. Hay mercados para todo. Sólo es cuestión de ponerse en la estantería correcta.

Si a eso añadimos una que otra pendejada chistosa que suena pseudointelectual, ya estuvo. Uno encuentra su sitio en el extraño mundo de los diferentes. Y, aunque usted no lo crea, hay cierto corpúsculo de doncellas que hacen cara de interés. Y la vida va ocurriendo mientras tanto.

Pero nada en el mundo puede ocurrir sin contratiempos. Juan Pablo Castel, aquel personaje de Sábato en “El túnel”, odiaba los clubes. Era pintor y aborrecía los clubes de pintores. Todos hablando de lo mismo alabándose u odiándose en silencio. Una mierda en síntesis. Lo que Sábato no dijo, o no quise entender entonces, es la verdadera razón de aquel odio.

Hoy me encontré otro Barthelby, es decir, otro escritor que no escribe o, peor aún, que finge que escribe. Mujer, para más datos.

Tener frente a mí, compartiendo en la misma mesa, todas las manías y fobias de las que uno adolece, como si fuera un espejo interactivo, resulta delirante.

He dicho que uno se acostumbra a mirarse en el espejo y se acaba queriendo como uno es, pero ¿Qué hay de las manías y los traumas? ¿Qué hay de lo que tu mejor amigo detesta y tu mujer no para de recriminarte cada mañana? Pues si no les gusta, que se jodan. Como diría la canción: si no me quieren, ni modo.

Y, de pronto, ahí está tu traumada versión femenina, peleándose con el café, odiando a la pantalla en blanco, antisocial, pro-neurótica, pre-esquizofrénica, pos-paranoica, protodesastre.

Sabes, porque lo sabes, que nunca terminará ni su libro ni su café ni el lazo oscuro que la une con su padre. Ni siquiera tendrá valor para terminar con lo que piensa todas las mañanas. Y te ríes, por no llorar ahí mismo, y te inventas un pretexto, un me tengo que ir para que el ruido de la calle intente volver a engañarte. Definitivo: Urge un corte de pelo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El vuelo de los zopilotes

Planear. Planear. Planear. Y seguir planeando. Esa es la consigna. Planear la educación, la profesión, el trabajo, el matrimonio y hasta las vacaciones. ¿A dónde iré a tirarme una semana sin que nadie me moleste? No sé. Tengo que planearlo.

Planeo mi novela. Escribo de un tirón el argumento. Escojo el tema, el desarrollo, los motivos, los capítulos y los versículos. 200 páginas después descubro que no sirve para un carajo y hay que volver a empezar. Nueva planeación incluida.

Reflexión filosófico-práctica: cuánto puto tiempo he dedicado a planear hasta la hora en que me siento en el retrete.

Miles de horas dedicadas a planear y mis planes han sido destruidos desde que tengo uso de memoria por mi padre, mi madre, la maestra, mi mejor amigo, mi peor enemigo, la novia que no quiso ser mi novia, la infeliz novia que sí quiso serlo y se instaló reptilescamente en mi departamento y no piensa salir de ahí, dios, el diablo y todas sus huestes, el clima, el día, la hora, el humor y las mil vicisitudes que amparan el mundo cotidiano.

Tanto planear para que al primer soplido del viento todo se vaya al garete y acabe uno en Oaxaca, en Sri Lanka o en Kuala Lumpur. Como director de recursos financieros o como vendedor de artículos de cocina a domicilio. Además, ¿ya se dio cuenta que las decisiones más importantes de la vida son mera culpa del azar de sus emociones instantáneas y sus profundísimas reflexiones han ido a parar al baúl de las decepciones? ¿O a poco sí planeó el trabajo que tiene y la ciudad en que vive y el humor de su mujer por las mañanas? ¿En serio planeó tener un crédito impagable por culpa de la televisión de plasma o la casa de interés social a la que ya se le despegó el lavabo?

Estaba en un embrollo. Tenía que decidir entre 6 opciones. Todas ellas con pros y contras varios. Que si era mejor ésta por aquello, pero peor que aquella por esto, etcétera. En vil cavilación de la mejor de mis decisiones, me encontré un dado. Sí, sí, uno de esos de cubilete. El As fue la opción uno, el rey las 2 y así sucesivamente. Lancelo al aire y voilà, la vida estaba resuelta. Descubrí que me quedaba el resto de la tarde.

¿Y qué hacer entre una novia linda pero loca, otra cuerda pero boba, otra lista pero cabrona, otra dulce pero sin personalidad, todas juntas, otra que no era ninguna de las anteriores o ninguna de las anteriores? Lanzo el dado, gira mil veces y ya está; me encuentro feliz de la vida con mi whisky en la mesa y alguien me sonríe 2 mesas más allá. ¿Ir o no ir? Una moneda cae de un lado y la vida sin contratiempos.

Algunos dramáticos imaginan un dios jugando a los dados y decidiendo el porvenir. Yo, por mi parte, creo más en el dado que en el dios. Hoy, en un ataque de materialismo histórico, me metí a comer en algún sitio. ¿Paquete 1,2,3,4,5? ¿Coca o pepsi? ¿Con papas o sin papas? ¿Con capsup o sin ella? ¿Con cajita feliz o sin cajita (ojo: lo único feliz es la cajita)? Era delicioso ver a la pobre adolescente mirarme tirar una y otra y otra vez mi maravilloso dado al aire. Se cansó de preguntar. Me dio un pinche pan con carne sospechosa, como a todo el mundo.

Si le parece tan descabellado, siga usted planeando y ya verá. ¿Con comentario o sin comentario?

miércoles, 18 de mayo de 2011

Los derechos de mi izquierda

Cuando entré a la facultad de economía, el papá de un amigo, en actitud protectora me advirtió: Cuidado; no te vayas a volver rojillo. En mi defensa, mi amigo contestó: No, papi, Ray tiene sus principios muy firmes.

Yo lo oí todo sin decir palabra. Moví la cabeza. Dije sí, dije no, según el caso. Aunque no entendí un carajo de aquella conversación que me tenía a mí como protagonista. ¿Qué carajo era eso de ser rojillo? ¿De qué pinches principios hablaba el otro? ¿Y por qué los iba a tener firmes? ¿A los 17 (o a los 32) se puede tener algo firme en la vida? Lo más firme que tenía entonces era cierta parte de mi cuerpo, y varias veces al día, aunque no creo que fuera de esa firmeza de la que hablaban.

Resulta que, haciendo caso omiso a la mención colorida y caso absoluto a mi firmeza, me matriculé en la facultad de economía en el año de Nuestro Señor de 1998.

Más por firmeza que por colorido, me vi a los pocos meses en mi primera marcha por los derechos de los izquierdos. Seducido por una noble doncella de pelo ensortijado y despeinado, me encontré en las calles gritando consignas que yo repetía eufórico y a destiempo: ICIA. IVA ATA. APAS SI, ERNO NO. Cosas así. En pleno puño levantado, mi querida despeinada me puso un beso de lengüita sabor delicados sin filtro y supe lo que era tener muy firmes hasta los principios. Gritando al unísono, con la carabina 30-30 lista pa’l disparo, esa noche armamos juntos una revolución.

Así supe que las minorías eran mayoría, que se podía saltar de ismo en ismo al mismo tiempo que de cama en cama y que yo era uno de los tres que había tenido a bien leer de veras El Capital de cabo a rabo mientras los demás se llenaban la boca con cosas como lumpen proletariado o la lucha de clases que enunciaban mal y entendían menos. Y rojilla tenía la cara de tanto sol, de tanta marcha y me hacía gracia que me dijeran que era de izquierda cuando con la izquierda no podía ni amarrarme los zapatos.

15 años después, resulta que los rojos son azules y los azules amarillos. Cansados de cargar una biblia en la mochila, de la cual no pudieron pasar de la página 2 y la segunda columna, cansados del rezo les dio por el grito, hasta el de dolores. Y como no era el caso de cambiar la gorda biblia por el gordo capital, el capital pasó a la chequera y la biblia al baúl de los libros prohibidos.

Hoy, en el año de Nuestro Señor de 2011, de a tiro por viaje, debo oír a mis amigos de derecha con discursos furibundos sobre los derechos y a la mayoría creyéndose minoría. La minoría sigue sin creerse nada.

Yo sigo creyendo, en el fondo de mi corazón, que puedo pagar mis deudas con poesía, mala, para más datos; sin ninguna firmeza. De colores, siempre preferí el azul marino y aprendí el sutil arte del callo, veo y escucho con sonrisa beatífica en los labios.

De todas formas, la izquierda sigue sin funcionarme bien sin ningún derecho. Mala cosa.

viernes, 6 de mayo de 2011

Manual para beber un cabernet sin mancharse la camisa

Aunque es de uso común, no se confunda: “Necesito dinero” no significa lo mismo que “quiero trabajar”. Ni es lo mismo ni mucho menos igual.

Si, por un misterio que aquí no desentrañaremos, un día le llama un tipo de voz cavernosa y le dice algo como: Soy el notario de la Sra. De Pérez y Pérez y Pérez Serás (o Perecerás, no es claro con aquella voz cavernosa), tía política suya, casada con el tío de padre de la madre del compadre del amigo de su hijo, que le ha dejado una cuantiosa herencia en libras esterlinas, usted no se preguntaría en qué termina aquella larga lista de parentescos (aunque sería interesante que alguien me lo haga saber, soy curioso por naturaleza). Antes bien, empezaría las fatídicas ilusiones que genera la fortuna. Los primeros sueños incluyen casa, coche y refrigerador lleno; pago de todas las deudas reales o imaginarias y, en un acto de sublime filiación con su difunta tía (la llamaremos tía para evitar comprensiones innecesarias), ganas de conocer la ciudad inglesa donde la tía ha pasado sus últimos y delirantes días, lo cual implica, ya cruzado el charco, un paseo glamuroso por países varios de aquella región del mundo, descubrir que hay hoteles cuyas habitaciones son del tamaño de su antigua casa, comidas inimaginables y hasta seres simpáticos. Podría incluso descubrir su afección al ocio y al cultivo de algunos vicios. Todo aquello que ha atacado como ideólogo del mundo contemporáneo se iría por el mismo lado por donde ha venido y la mayor queja social en su cabeza sería la incapacidad de los suizos para comprenderlo.

¿Y el trabajo? Ése, en su vieja oficina, con su viejo sueldo, con su vieja semana de vacaciones al año y sus viejos sueños enmohecidos por esperar un ascenso que se va convirtiendo en descenso. Ese lindo y bello trabajo se podría ir a la mierda en un abrir y cerrar de ojos.

Sólo se trabaja beatíficamente cuando no se tiene dinero suficiente para gastarlo.

Con la herencia de la tía, yo podría tranquilamente dedicarme a cosas bastante más vivificadoras para el cuerpo y para el alma y, en un acto de gratuita nobleza, escribir blogs rememorando mis austeros días en aquella y repudiada clase media.

Sospecho que empezaría a perder credibilidad. Pero, en el peor de los casos, inauguraría un blog que se llamara: Manual para beber un cabernet sin mancharse la camisa.

De todos modos, los lectores de cualquier clase, seguirían siendo 3.