jueves, 25 de marzo de 2010

Tecnología que da la mano

Oh, este mundo tecnológico y globalizado es magnífico. No importa si te encuentras en Roma o en Cholula, las cosas funcionan prácticamente igual. Si no traes "cash" (como diría un tristemente célebre personaje), pues nada como ir al cajero automático y retirar tus dineros en la denominación de la moneda en curso. Si quieres pagar el cable, pues nada tan fácil como pagar online desde una computadora que puede estar lo mismo en un parque que en tu cuarto de baño (exótica manera de hacer enter al mismo tiempo que expeles un gas). O puedes tener una videoconferencia en chino mandarin con un noruego que sólo habla inglés y que vive en Francia desde la comodidad de tu retrete en Real de Catorce con la cabeza infestada de alucinantes fantasías que te hacen creer que eres un jeque árabe y te rodean 11mil vírgenes (lo más alucinante es que alguien pueda reunir al mismo tiempo y en el mismo lugar más de una virgen que sea mayor de 15 años).

Como sea, donde vaya, usted comprobará que las cosas funcionan más o menos igual, con diferencias mínimas, tan mínimas que prácticamente uno ni las nota.

Hoy me tocó el pago de la luz que, si no la pago, me deja, no sólo sin luz, sino sin cable, sin compu, sin internet, sin radio, sin rasuradora (no la uso pero tengo), sin ipod, sin contacto con el mundo; en resumen, una vida de horrores inimaginables, y a oscuras.

Así que, jocoso, me enfilo a hacer mi pago, sabiendo que la Comisión Federal de Electricidad está a la vanguardia y que cuenta, como toda empresa respetable que quiere pagos a tiempo, con un cajero automático para que yo, versado en esas costumbres, me entienda, amigablemente, con la máquina en cuestión. Y, de que fue amigable, no tengan ninguna duda.

Paso mi recibo por el escáner y sale el monto a pagar. Siguiente paso: introducir mis billetes, de uno en uno, hasta cubrir la suma. Aliso el primero para evitar que me lo devuelva. Bien estiradito, lo introduzco en la ranura. Mis temblorosas manos luchan por atinar en la pequeña línea por donde es preciso que pase. Con torpeza, meto una orilla, meto la otra y, como muestra de lo mal que lo hago, la compuerta se abre para permitir la salida de unos dedos que se estiran desde dentro de la máquina para ayudarme.

Sí. Leyeron bien. De la ranura de la máquina unos dedos, de una mano de 5 y velluda, se estira para tomar mi billete, luego el siguiente y el siguiente. Yo estoy estupefacto. La mano, humana, para más datos, estira los dedos, toma cada billete, se oculta un momento y luego me muestra la palma para recibir el siguiente. Cuando estoy por darle el último, la misma palma se levanta en señal de stop. Con el dedo índice me hace señales de: no más. Yo aliso mi billete e insisto. La mano vuelve a hacer stop y a decir que no. Un tercer intento y una tercera contorsión de la mano. Al fin, en la pantalla, aparece un letrero que dice: lo sentimos, no podemos recibir más dinero, disculpe las molestias. Luego me sale mi ticket impreso y, en un acto de cordialidad, saludo afectivamente a la mano que aún asoma por la ranura de la máquina y me alejo.

Esto sí que es tecnología con trato muy humano. Y no. Juro que no lo inventé. Vayan al cajero de plaza dorada y compruébelo usted mismo. Esta máquina sí que le da una mano.

martes, 16 de marzo de 2010

Defendiendo al Caballero

No tenían otra misión más que la de rescatar la llave de oro del reino, llave custodiada por un dragón de lo más arrogante y malhumorado que uno puede concebir, además del malhumor del dragón, también tendrían que hacerse cargo de su feroz aliento y su armadura de escamas, era importante encontrar la llave del reino, el Rey no podía abrir la puerta del oráculo de las hadas y, si no lo consultaban , vayan ustedes a enterarse que desgracias caerían por todo el reino, el oráculo de las hadas era, por decirlo así, las instrucciones para vivir en paz y poder respirar tranquilos, la menor de las hijas del Rey, Rid, había contratado a Falger, un caballero mercenario, que poco le importaba el pago en oro que le habían prometido, lo que le importaba era regresar a un reino en el que tuviera una casa propia, estaba ya muy harto de hacerse el valiente por varias aventuras y ni siquiera figuraba en los relatos que cantaban los bardos en las estancias de los grandes reyes, de verdad le molestaba esta falta de fama, sólo por ser joven, así que había optado por una última y jugosa aventura, donde lo peor que podía pasar era ser el filete termino medio de un dragón… eso pensaba hasta que la princesa lo alcanzó a medio camino, la princesa tampoco era una princesa muy tradicional, como las que ustedes han visto, no le gustaban las galas, ni los príncipes, sean del color que fueren, mucho menos esa absurda idea de cabalgar con faldas largas, había tenido más de una vez la discusión sobre tomar la clase de esgrima en lugar de la clase de ‘escoger bien los cubiertos en la comida que va a ofrecer el príncipe tal que quiere tu mano’, en lugar de eso había aprovechado cada ocasión para escaparse a los entrenamientos de la Guardia Real y por supuesto el día que el Dragón se robo la llave, no pensó ni dos minutos que ella se haría de un guardaespaldas para poder rescatar la llave, así que contrato a un caballero a precio de escudero, la verdad para Falger eso no era una molestia, nunca le había molestado tener compañía y mucho menos si se trata de una princesa que quiere ir por la cabeza de un dragón,

Sin embargo todavía no habían llegado a esa parte, estaban en el camino del bosque amarillo, famoso por estar desde varias décadas, ocupado por algunas bandas de ogros, aunque se sospechaba que eran bandas controladas por los enanos, los ogros nunca han sido tan listos como para mantener un negocio de asalta caminos del bosque amarillo, llevaban varios días caminando por el bosque, a expensas de saber que los ogros los seguían, pero los ogros no soportan la luz del día, así que dormían por el día y caminaban por la noche, esperando de un momento a otro la emboscada, pero el camino había sido bastante ligero, Rid le había contado a Falger como eran los palacios en el reino de cristal y como su rey tenia músculos tan delicados que tenia que pasar el día en un trono con ruedas, Falger a su vez le había contado lo que era ir al Bosque de Nubes y como eran sus habitantes que bebían un agua negra con pan negro también, de cómo vivían en medio de la blancura de la niebla, se platicaron sobre sus hermanos y animales, como la mascota de Rid, un animal peludo, pachón y que podía saltar tan alto que pasaba fácilmente por encima de su cabeza, de la mascota de Falger, que curiosamente no lo acompañaba a esta aventura, un lobo negro y amarillo gigante traído especialmente para él desde la casa del abuelo paterno… Sucedió que en un claro del bosque, que es algo muy lógico si lo piensan bien, los ogros son torpes en los espacios limitados, pero en los espacios abiertos son terribles con esas hachas que parecen mazos gigantes, Rid y Falger saltaron hacia atrás con el primer silbido de hacha que pasó justo delante de sus narices, digo narices porque dos caballos y dos aventureros suman cuatro narices, Rid desenvainó y de un tajo cortó una mano con hacha, mientras Falger le hundió una lanza a uno, sus caballos salieron corriendo sin pensarlo, lo que a la larga sería una pena, pero la verdad no los pueden culpar, lo estaban pasando muy mal y nadie quiere terminar en un asado de ogros, la batalla se enfrasco en una confusión de espadas, hachas y lanzas, una pelea sucia, con patadas en las espinillas y piquetes de ojos, muchos ogros habían caído bajo el acero de Rid y Felger, cuando aparecieron los enanos y, cuando digo enanos, no se imaginen enanos de esos de circo, no, imagínense unos enanos un poco más bajo que alguien pero que pueden cargar cinco veces su peso y pegan tan fuerte como una mula, la pelea estaba enfrascada en una confusión entre ogros que pegaban a lo que fuese, enanos gritando ordenes y Rid y Felger tratando de cuidar uno del otro mientras se cuidan a sí mismos, sucedió que de un tajo de espada Felger había cortado la cabeza de uno de los jefes ogros, para lograr eso había tenido que arrojar el escudo y tomar vuelo con las dos manos aferradas a su espada, así que le había separado la cabeza de los hombros, pero con el impulso había quedado casi de lado y sin protección, es una situación bastante vulnerable, así como ustedes lo piensan también lo pensó uno de los enanos, que por cierto estaban muy enojados por el resultado de la pelea, Rid ya había despachado a unos tres y ahora con el jefe ogro muerto, la balanza se inclinaba a favor de Rid y Falger, pero con Falger casi en cuclillas y la espada clavada en el suelo, la idea de asestarle un golpe de venganza se hizo muy necesaria, así que salto desde su escondite dispuesto a clavarle una de esas horribles espadas cortas de los enanos, que además del filo hay que cuidarse de los hechizos con las que las envenena, pero la suerte es la suerte del protagonista, Rid se dio cuenta a tiempo, le grito a Falger, que se pudo agachar a tiempo, para ver como pasaba silbando la lanza corta de Rid… a estrellarse justo en medio del vidrio del jardín, por supuesto, eso ya lo habíamos platicado, no hay que lanzar nada, pero no la culpen, ese maldito enano es el responsable, y ella sólo pudo hacer lo que un buen amigo hace por otro, en este caso yo, salvar mi cabeza, yo estaba un poco apenado, porque algunos ogros cuando mueren parecen hechos de barro, como la maceta que yacía en medio del jardín… justo después llegaron todos, sus papás, los míos, su hermana mayor, justo cuando iban a empezar los gritos y las preguntas, ¿por qué los adultos les preguntan a los niños cosas absurdas? ¿qué quiere decir ‘y ese palo qué’?, yo salté, se lo debía, al final el enano no me había asesinado por la lanza que ella había enviado directo al medio de sus ojos y a nadie regañan en casa ajena, así que después de mi salto dije, me encantaría decir que mi voz fue templada, que fue segura de sí misma y baje la mirada para hacerles saber la pena que sentía por romper el vidrio, pero no, no fue así, dije entre palabras cortadas y una voz que se hacía pequeñita -“yo rompí el vidrio, fue un accident… disculpmm… no quer…”- y por alguna razón que no logro entender, en lugar de agachar la mirada y quedarme a contemplar las agujetas de mis tenis, no pude dejar de mirarle los ojos a mi papá, así que balbuceando se fue apagando mi voz, pero lo dicho, a nadie regañan en casa ajena, por lo menos se esperarían a casa, se voltearon, mi papá dijo- no te preocupes, llama al vidriero y de una vez lo pago-, su papá dijo- es una tontería, lo pago yo es cosa de niños-, no recuerdo si mi mamá dijo algo o si su mamá contesto, porque para ese momento ya estaban en la sala seguramente platicando de alguna otra cosa de cómo se asustaron, de las cosas que pueden platicar las mamás cuando se quedan con las ganas de una explicación lógica, su hermana fue la única que dedujo que algo pasaba más allá de la historia del palo, pero se sonrío y lo dejo pasar… para todos los demás era fácil, pero ¿cómo retomas el camino del bosque amarillo?, no pudimos, esa tarde, todavía nos caímos en la bici, nos subimos a un árbol y visitamos al rey del reino de cristal, su hermano tenia una de esas enfermedades que hacían que tuviera que estar en un trono de ruedas, era por eso y por el trabajo del Papá, que la siguiente semana se iban a vivir a Alemania, por eso esa tarde era la última de cientos de tardes jugando a miles de islas, por eso esa tarde había que rescatar la llave del reino, porque siempre la buscábamos y terminábamos en una aventura distinta, por eso, quizá de niño uno no sabe a que se refiere ese calor por encima del estómago y abajo del pecho, pero los niños saben lo que necesitan, ella se fue a Alemania, 29 años han pasado y ahora me visitan los colibríes.

sábado, 6 de marzo de 2010

Gente bonita

Te conocí en la cárcel y mírate ahora, me dijo alguien un día en que estábamos demasiado borrachos para poder comprender el verdadero sentido de aquella frase. De hecho, me ha llevado años entender la sustancia del caso. Solemos tener tan mala memoria que olvidamos hasta lo que debía ser inolvidable.

    Pues sí. La frase era verdad, pero no exacta; aunque el recuerdo era preciso.

    Cuando tenía 11 años, llegué a vivir a una colonia miserable, al borde del penal de la ciudad.     Pasaría algún tiempo antes de que entendiera, más o menos, lo que significaban las palabras penal y miserable.

Supongo que ese es el verdadero idilio de la infancia: nunca eres realmente consciente de qué mal están las cosas e importa más terminar el juego que esa creciente sensación en el estómago. Así que no se entiende bien a bien el hecho de comerse una sandia a punto de pudrirse que alguna mamá desesperada ha rescatado antes de que otro la tire definitivamente a la basura o lo que significan las ventanas de cartón a falta de vidrios o el baño sin regadera, hasta que la comparación con los otros me fue mostrando poco a poco las muchas diferencias.

Luego empiezas a conocer la vergüenza. No dices dónde vives ni cómo e inventas historias para justificar por qué caminas todas las tardes hasta tu casa durante una hora en lugar de tomar el camión; y ni qué decir de los pretextos por ausencia en fiestas, vacaciones y cumpleaños.

    Empecé a trabajar a los 13 años con tal de poder comprarme más de un pantalón y poder pagarle el helado a los ojos bonitos que por fin habían volteado a verme. Sobreviví, quién sabe cómo, a la preparatoria, mientras por fin las ventanas tenían vidrios y empezaban los cambios de casa que se volverían, a la postre, docenas.

    20 años después, dicen que el tren de la revolución me ha hecho justicia. El sistema financiero comienza a creer en mí; con su ayuda, y hasta el último de mis ahorros, me pagué un viaje a Europa por un mes que ha resultado una de las más grandes folias que se me pudieron ocurrir en mi carrera artística; con 2 changarros, alguno se atreve a decir que puedo dar el tipo de empresario exitoso; sé decir hola en varios idiomas y hasta me he conseguido uno que otro de esos amores mercenarios; por fin tengo un título que dice que soy un flamante economista, aunque no valga de nada el papel que lo demuestra; terminé mi primera novela y me paso cada día quitando y poniendo un punto aquí y una coma allá, o buscando un mejor sinónimo para desgracia; y hasta me empiezan a regresar las ganas de volverme a aventurar a cambiar a otros aires más exóticos.

    Gracias a la bondadosa ayuda de una hija postiza de mi madre, casi termina el crédito de una de las 20,000 casas naranjas idénticas que se repiten en calles y calles interminables que en 20 metros cuadrados acomodan como pueden 2 recamaras, un baño, una sala, un comedor y una cocina y, en la parte trasera, me comunican, a través de una media barda, con el resto de los imbéciles que, como uno, salen todas las mañana a prender el boiler para llegar perfumaditos a la oficina y arregladitos como pa' ir de boda. Ah, pero qué bonita vecindad.

    Y cada sábado desfila un coche con sonido anunciando la junta de cada semana que organiza la junta vecinal, repitiendo interminable la hora, el lugar y el maravilloso slogan que se le ha ocurrido a la mesa directiva: estabilidad económica y progreso familiar.

    Mientras trato de recordar dónde dónde diablos he oído eso antes, me pregunto cuánto de verdad tendrá esa frase, al mismo tiempo que intento pagar, online, los varios miles de pesos que suman renta, agua, luz, teléfono e internet y que volverán a dejarme sin un centavo como sucede mensualmente.

    Cuando al fin logro salir de este ghetto de casas iguales y naranjas, veo un enorme anuncio que, con la foto de un fulano de bigote espeso y una sonrisa divina, anuncia: la gente bonita vive en Los Héroes. Supongo que éste es uno más de los engaños del espejo y de lo que ven mis propios ojos.

Luego, 5 metros adelante, empieza el barrio de la gente fea. El de todos los demás, me imagino yo.

De entre todo lo detestable que me resulta mi hermoso guetto de gente bonita, lo único que puedo aplaudir, sin pudor alguno, es la deliciosa ducha con agua caliente que me resbala por los hombros. Carajo. Todo se resolvía con un tinaco con hoyitos. Y aún sigo disfrutando mucho, mucho, mucho, caminar a media tarde mientras el sol amenaza que se esconde.

Hace pocos días, saliendo de mi casa, conocí a una chica. Tal vez en unos años también me diga que me conoció en la cárcel. Espero que entonces pueda yo mismo mirarme en el espejo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Un cuento de princesas

Dos gruesas gotas de sudor me escurrían de las patillas. Sentía latir el corazón en mis sienes, en mis miles y en mis pares. Tropecé 2 ó 3 veces porque mi enorme paquete me hacía caminar a trompicones. Me enredé con el cordón de otro que venía en sentido contrario por la misma acera, con la misma indignidad, aunque con menos malabares. Con huidizas miradas y chapitas carmesíes nos sonreímos, nos desenredamos y seguimos, ocultándonos detrás de nuestras respectivas bestias. Entre aquella parodia del infortunio, una centella de orgullo brilló en mis ojos: el mío era más grande. Como siempre, el tamaño es lo (único) que importa.

Cuando entré al lugar, todos voltearon a verme. Docenas de ojos me veían, no sé si con compasión, con solidaridad, con infinita lástima o con total envidia porque, sí, el mío seguía siendo más grande. El sudor aumentó, el nerviosismo también. Como pude, busqué una mesa vacía y esperé; sentado, por supuesto.

En los siguientes 45 minutos pasé del nerviosismo a la ansiedad, de la ansiedad al aburrimiento, del aburrimiento a la resignación, de la resignación al nerviosismo, del nerviosismo a la ansiedad, del… etcétera.

Todos ahí presumiendo sus tamaños y sus bestias. Todos ahí con sonrisas timoratas y toqueteos exiguos. Todos ahí luchando por el desenrede de sus cordones y ocultando sus miradas de los demás, sabiendo, sin saber, que era el inicio de un futuro lleno de bestias transfiguradas. Vocecitas aniñadas repetían las mismas frases una y otra y otra y otra vez. Ojitos escurridizos, manitas que se batían en retirada, labiecitos minúsculos mordidos a medias. Luego, uno que otro berrinchito por un comentario inapropiado, múltiples disculpas, más manos en retirada hasta que, después de un largo rato, otra vez sonrisita y miradita huidiza y el resto, antes del siguiente error imperdonable que nos sumiría por enésima vez en el mismo juego, eternamente. Y yo esperando y esperando. Pero ¿qué coño esperaba realmente? Cuando un poco de materia gris iba a hacer usado para comprender y entender que… Simplemente apareció. Y todo se fue a la chingada.

Extendiendo sus bracitos a los lados, corriendo hacia mí con pequeños pasitos que más bien emulaban saltitos como de un pato sin agua, vi sus ojitos brillando de lo que pensaba yo era inteligencia y oí su dulce, aunque un poco estridente y aguda voz, Mi viditaaaaaaaaaaa. Casi tiro la mesa al levantarme. El café se regó en el plato. Extendí los brazos para recibirla y ella no me vio. Fue directo al enorme Winnie Pooh de 1800 pesos (iva incluido) que reposaba cómodamente en la silla mostrando la panza que su minúscula playera roja no alcanzaba a cubrir del todo. Lo tomó entre sus manos, lo abrazó, lo acicaló y, después de una ridícula orgia con aquel palurdo, por fin se enteró de mi existencia y me dijo gracias mientras yo veía aquella escena muriéndome de celos. Por fin se sentó. Olvidó (¿?) disculparse por la tardanza, pero no armar la escenita porque la estúpida mesera que qué se creía no le tomaba la orden. Putete como soy, le tomé la mano a medias, ella me dedicó una sonrisa y retiró la mano, como sin querer queriendo. Mas chapitas, más gotas de sudor, acomodo en el asiento. Me contó de sus múltiples rivalidades con Susanita la del 6 y con la vieja horrible y media zorra que trabajaba con ella. Cuando llegó mi turno, le quise contar de un nuevo cuento en el que trabajaba. Ella me oía atentamente mientras barría con los ojos a las otras gentiles señoritas a su lado que, con toda su gentileza, le devolvían la mirada a su vez. Cuando terminé de hablar, tardó un poco en reaccionar porque el último video de Britney aún no terminaba en el televisor. Qué interesante, dijo por fin, jugando con el cordón del corazón en globo atado al respaldo de la silla.

El resto ya se sabe: poco sexo, mucho pudor y demasiadas lágrimas.

Cuando, con un nudo en la garganta, le terminaba de contar, a la única amiga que me quedaba, el melodrama de los últimos 8 meses y preguntaba, más a mí mismo que a ella, por qué, por qué, por qué, ella, impasible, luego de una larga fumada a su décimo cigarro, completó la idea que había quedado inconclusa justo antes de que la otra apareciera en el umbral de aquella puerta: Has tenido una relación de peluche, querido amigo, y en tanto sigas así, el globito en forma de corazón se te irá volando antes de que desenredes el hilo de donde lo sostienes.

Sigo sin entender lo que quería decir. Ella se sigue riendo de mí. Desde lejos.

lunes, 8 de febrero de 2010

Una bomba, y el vacío

La mitad de lo que soy se lo debo al insomnio. (La otra mitad se la debo al crédito bancario, que en total suma el doble de la mitad más el 345%.)

Mientras la gente duerme plácidamente, yo soy capaz de sacar mi parte artística (sí, sí, ya sé, bendito autoengaño). Así que me creo el cuento de que rimar silla con costilla o coleta con maleta puede resultar un poema subyugante. O escribo novelas absurdas que nunca verán la luz en una editorial o guiones de películas u obras de teatro. Y cuando entiendo (porque a veces lo entiendo) que mi carrera literaria es una más de mis múltiples chaquetas (mentales, de las otras no se habla por ahora), escribo notas de blogspot.

Pero hay días en que mis 2 neuronas aún vivas no conectan y entonces hay un vacío que dura hasta las 3 ó 4 de la mañana. Sin embargo, las exiguas bendiciones de este mundo capitalista posmoderno, me permiten entretenerme con la bazofia del televisor. Y no, ríanse, búrlense, hagan leña del árbol caído, NO TENGO CABLE.

Así que a esas horas las opciones son: cremas heladas para bajar de peso, una madre como columpio para hacer ejercicio y el ilustre rostro del Capitán Alborez, cuyo título es ya de dudosa procedencia.

Entre eso y el pánico de tener que decir por segunda vez que me sucede por primera vez, le di un sablazo a mi tarjeta de crédito de sólo 3899.90, con IVA incluido.

Succionar, ese es el secreto.

Primero se pone rojo, luego morado, después una mezcla entre azul y violeta, indescriptible. No, no es dolor. Es una sensación entre raro y literal "no mames".

Después de 56 minutos, por fin la cosa esa, que no me atrevo a llamar erección, empieza a disminuir y la tranquilidad regresa a la vida. En la soledad del cuarto, luego de tan vil experimento con uno mismo, vuelvo a reconocer la cara y voz del maldito capitán Alborez (cuyo título es, en definitiva, de dudosa procedencia) y descubro al lado mío la bomba que ha hecho el trabajo. Aunque el vacío, el vacío seguirá flotando en el aire sin necesidad de succión alguna.

Historias policiales.

Todo estaba intacto, sin violencia; excepto un espacio entre la ropa tendida de unos dos metros de largo. Pantalones, faldas y blusas; incluso algunos pares de calcetas de colores. Imaginé lo que faltaba de un vistazo. Infructuosamente, la chica entró a revisar si faltaba algo en el interior de la casa. Yo la dejé hacerlo para calcular la talla y saber el tamaño promedio; serían 7, a los sumo 8, las prendas faltantes. Luego, me sumí en cavilaciones profundísimas. Cuando regresó y la miré venir de frente, confirmé lo que ya sabía: las prendas robadas eran de un solo tipo.

La chica trabajaba todo el día, así que los rapaces (palabra usada en doble sentido por lo que a continuación explicaré) habían tenido tiempo de sobra. Imaginé por lo menos 2 autores. La pequeña barda, apenas de un metro, facilitó el trabajo. Una cortina se movió. Todo estaba ya resuelto. Pedí calma a la dueña y anuncié que volvería en pocos minutos. Ella me dejó ir, intranquila, pero conforme.

Fui directo a la calle adyacente. De un rápido cálculo supe cual puerta debía tocar. Un adolescente de unos 15 años me abrió y adiviné que no me había equivocado. Pedí con cortesía la devolución de las prendas. Ante su negativa, usé infalibles métodos de tortura y coerción: sería denunciado ante sus padres y, cruel como soy, lo haría también ante la chica que se sentaba justo a su izquierda en el salón de secundaria. Con esto último logré su inmediata rendición. Me entregó, sin mirarme, 7 diminutas tangas de hilo dental dentro de una bolsa de plástico rojo que parecían reflejarse con intensidad en sus mejillas. Le di los buenos días y torné con la afectada.

Primero abrió la bolsa para verificar el contenido y, al parecer, el escarlata reflejo también fue transmitido a sus mejillas. Con prisa y torpeza cerró la bolsa de nuevo mientras me daba las gracias y trataba de saber cómo había descubierto al criminal. Dejó la cuenta a la mitad. Le explique grosso modo mis deducciones: la adolescencia y una vecina suculenta vista a hurtadillas a través de una ventana son muy mala combinación para evitar ciertas debilidades e inocentes desviaciones. Omití que su escote me hizo adivinar que no usaba sostén, por lo que no era necesario buscar ninguno y que al entrar ella a la casa calculé la talla de las tangas al compás del movimiento de sus ondulantes caderas. Le pedí que en lo sucesivo no tendiera su ropa al alcance de la mano, sobre todo aquellas, tan diminutas. Ella sonrió escondiendo los ojos y el reflejo de la bolsa volvió a llegarle. Cuando me despedí volví a comprobar la gentileza de su escote. Tampoco le dije que, en el fondo de mi ser, comprendía lo que llevó a aquellos rapaces a tal acto y, al que aún miraba por la ventana, le dediqué una sonrisa de la más profunda de las complicidades.

Nunca pude comprobar si en verdad eran sólo 7 las prendas robadas. Pero me hubiera encantado saberlo tomando las medidas pertinentes sobre el cuerpo, del delito, naturalmente.

viernes, 8 de enero de 2010

Instrucciones para usar una bolsa de mujer

Todo lo que escribo generalmente es un plagio. Éste se lo debo al Mau que me ha iluminado y que, por fortuna, no escribe ni su nombre; así que, con mi nombre y en su nombre, voy de largo.

Huidizo como soy, y no afecto a prendas innecesarias, dos veces me he librado ya de la posible posibilidad, aunque improbable, de aquellas dos palabras que a la gente común le parecen contundentes ante un juez de lo civil: sí, acepto. Así que puedo andar por la vida sin mi aro de baño de oro en el anular izquierdo o, en su defecto, sin la marca indeleble de lo que el sol no ha logrado colorear del mismo tono.

Pero como soy el juez más severo de mí mismo, tengo que reconocer con humildad, con humillación casi, que soy tan huidizo como idiota.

Presunto sagaz del sortilegio, creí haber resuelto todos los traspiés que las doncellas cotidianas me iban poniendo al paso. A la habitual pregunta de "¿Qué somos? Porque mis amigas me preguntan y no sé qué contestarles", yo me adelanto un poco cuando la veo venir y les hago la misma pregunta antes de ser sorprendido in fraganti. Los resultados han sido notables. Las que mueven varias veces los ojitos en círculos son ellas, las que dicen "no estoy lista para algo más" son ellas también, las que te piden que no las llames al trabajo son las mismas que las anteriores. Si por alguna razón el paso no funcionaba, comenzaba el acoso. Llamadas a todas horas, correos interminables, ideas exóticas sobre una docena de hijos, escenarios sórdidos, la maravillosa resolución de que ellas trabajarán sólo en lo que uno se gana el premio nobel y a partir de ahí uno paga con creces, además de odio a las mascotas y a las fiestas familiares y demás artilugios.

Para los ojos entornados a la luz de las velas y un "te amo" que se suspira, supe decir, simplemente: gracias. O preguntar impasible: ¿Y cómo me amas? A lo que seguían más y más preguntas retóricas que rompían con la magia del momento.

Entre tanto, inocente y estúpido, creí salir impoluto de aquellos trances. No sabía, no quise saber, que detrás de lo que yo creía un éxito mío se escondía el más infame de los métodos de control conocidos a lo largo de la Historia.

Mi nueva conquista me dijo un día: acompáñame a comprarme una blusa. Yo, dócil, accedí. Recorrimos la tienda a diestra y siniestra y al fin, después de horas, decidió probarse un pedazo de tela insignificante. Antes de entrar al probador de chicas, me dijo con su más dulce sonrisa: sostén mi bolsa mientras tanto. Yo, dócil e ingenuo, accedí again. Miraba sin mirar unas telas de colores llamadas mascadas cuando el guía, qué digo guía, el gurú de mi destino se acercó a mí con sonrisa sospechosa. Ay, pobre de ti; nomás falta que te orinen para marcar el territorio, me dijo sin pudor alguno. Y entonces comprendí.

Como el collar ha pasado de moda, y además no es fácil de atar en algún sitio, se inventó la bolsa de mujer. Y entre más grande y más vistosa, mejor todavía. ¿Ha usted notado que, invariablemente, siempre termina cuidando una? ¿Es que en un probador de mujeres no hay percheros? ¿No es que van al baño a retocarse el maquillaje? Entonces ¿Por qué se la dejan justo en el centro de la mesa para que no se pierda? Por otro lado, para los 20 mugrosos pesos y el maquillaje chino que vienen dentro no tendríamos una pérdida considerable. Sí. Mi gurú me abrió los ojos y me hizo comprender que es un collar de sabueso al último grito del siglo XXI que contiene, indelebles, las mágicas palabras: Es mío, e idiota por añadidura. Y sí, nadie más se acerca. Nunca.

Miré a mi alrededor. Media docena de pelafustanes, todos con el hermoso accesorio, unos tomándolas de las correas, otros en el antebrazo, los peores al hombro. Sentí autocompasión, e infinita lástima. La próxima vez haré lo mismo con ella, pensé lleno de ira. Le pondré una corbata al cuello mientras yo trato de entrar a huevo en un pantalón talla 32. Imbécil y mil veces imbécil. Bastaron unos segundos para que la idea me abandonara por completo: Yo, con la puta bolsa, me veo hecho un mamarracho; ella, con una corbata al cuello, se ve deliciosamente sexy. Maldita sea, he sido derrotado. No fue difícil comprender el resto.

Ellas saben qué saldré corriendo al primer "qué somos". No es que me amen con locura: se quieren deshacer de mí. Todo es premeditado. El brillo en los ojos cuando dicen te amo no es lo que uno cree, es malicia pura, es triunfo absoluto. Y uno, estúpido-pendejo como es, se deja ir en la cruel vorágine del autoengaño.

Ella se prueba una blusa. Yo sostengo su bolsa a medio brazo mientras me pruebo a mi vez una pañalera azul cielo aceptando, sin aspavientos, el yugo opresor de mi fatuo destino: soy el principal accesorio de su próxima boda. Pero aún no lo sé y, aun después, no lo sabré todavía.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Instrucciones para beber una cerveza

Cuando una amiga mía se enteró, por un comentario ocasional, que acostumbraba beber un (os) whisky (s) de vez en cuando sin compañía, nomás por el puro gusto, decidió mandarme a alcohólicos anónimos. Soy Raymundo y soy alcohólico, dije. ¡Ah, maldito mundo de etiquetas!

Me imaginé andando por la calle mientras la gente decía: Hola, soy Mariana y estoy bien buena (sonrisa incluida); soy Alonso y soy gay (guiño guiño); soy Pedro y soy bien perro (mirada libidinosa a Mariana que sí, se cae de buena); soy Gerardo y busco pollos (quinceañeras meneando sus crecientes traseros). Cosas así. Yo diría algo como: Soy Ray y soy pobre (esto porque así se consiguen chelas gratis, hay un poco de impacto dramático y porque, en cierto sentido, es verdad, aunque no en el sentido habitual; yo, por fortuna o infortunio, como todos los días).

Bueno pues, total que Raymundo alcohólico contó, primero con timidez, luego con harto nudo en la garganta y por último con convicción oratoria, del padre golpeador (causa de traumas varios), de la madre golpeada, de los tropiezos verdaderos y también de los amorosos, literarios, laborales, conceptuales, sociales, empresariales, abstractos, materiales. En tanto, me moría por un trago. Al fin, recibí aplausos y condolencias. Luego siguió Jorge que, cosa curiosa, también era alcohólico y después Martha y Andrea que éranlo a su vez.

En esa sesión aprendí varias cosas: 1) La máxima: un día a la vez; así que no volví, con ese día bastaba. 2) Que además de alcohólico soy neurótico: odio los clubes. 3) Que, alcohólico o no, necesitaba un trago urgentemente. 4) Que Martha, además de alcohólica, era lesbiana. 5. Que Jorge impotente. 6. Que Andrea casada con un caballero galante y de ojos profundos que le hacía la vida miserable. 7. Que, en todo caso, prefiero los clubes de pintura.

La gente normal acostumbra los fines de semana. Esto se sabe que es a causa de los hábitos laborales, las responsabilidades familiares y otras minucias. De noche, hora propicia para ocultar traumas y mostrar una cara de plenitud ficticia. Muchas fiestas, muchas reuniones. Cumpleaños, posadas, navidades, aniversarios, son fecha propicia para beber y ser Armando feliz y Julia festiva y no Armando y Julia alcohólicos respectivamente.

Yo, que carezco de calendario onomástico importante, soy ateo y el único aniversario que recuerdo es el de la revolución, prefiero no usar pretextos. Y como analizando la cuestión descubrí que todo empezó por beber solo, ahora busco compañía, de preferencia agradable, y pido una cerveza oscura y me la termino a tu salud antes de pedir la segunda mientras descubro de a poco que sabe mejor, mucho mejor, cuando vamos pidiendo juntos la siguiente ronda.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Instrucciones para leer un instructivo

1. El instructivo es aquella cosa de papel engrapado que suelen traer lo mismo las lavadoras que las plumas BIC, a causa de varios tipos de iso, que no hacen lo que dicen que hacen pero hacen que todos hagan lo que ellos dicen. 2. Si usted es de los que piensa que las letras son pequeñas hormigas indescifrables, el instructivo también contiene múltiples dibujitos que le muestran gráficamente lo que usted debe de hacer para realizar la difícil operación a la que será sometido. 3. En este paso empezaremos con la parte más compleja de la operación, así que pedimos atención máxima: LEALO. No es tan difícil como parece. A lo sumo es necesario un vocabulario de 200 palabras en su idioma nativo, pero aquí le damos un brevísimo glosario: que=k. En la mayoría de ellos las palabras usan vocales (A,E,I,O,U), no se sorprenda. Si desconoce alguna de las palabras, use un diccionario. NOTA: El diccionario no viene incluido. El diccionario es un libro (libro es un conjunto de hojas juntas con letras impresas) que contiene, en orden alfabético, la mayoría de las palabras necesarias para entender una lengua y su significado. PRECAUCIÓN: es recomendable conocer el orden del abecedario para una rápida consulta (para cualquier información al respecto, visite http://www.primeraescuela.com/THEMESP/alfabeto.htm). Si tiene un niño en edad escolar, seguro que cuenta con uno que él reconocerá con el nombre de: Pequeño Larousse Ilustrado; pida asesoría. De lo contrario, puede ir a cualquier papelería mediana y solicitarlo. 4. Si a pesar de eso le resulta demasiado complicado, no desespere; para esos son los dibujitos. 5. En la primera parte encontrará recomendaciones antes del primer uso. Trátese de la menciona pluma (pluma=bolígrafo=instrumento de escritura) BIC, encontrará cosas tales como: no se use para limpiar la oreja; no se la meta a la nariz, mucho menos en el culo; no se use como arma blanca; no se necesita electricidad para su uso: favor de NO intentar conectarla. 6. Luego encontrará el dibujo del instrumento en cuestión y sus componentes debidamente señalados: 1. Tapón; 2. Punta giratoria; 3. Contenedor de tinta. 7. Después el correcto modo de usarse. Tomar por ambos extremos con ambas manos. Deslizar el tapón para separarlo del resto del bolígrafo. Poner el tapón en el otro extremo (para no perderlo, se entiende, ¡siempre se pierden!) a manera de gorrito. Tomar el bolígrafo con la mano que se usa habitualmente para escribir (la derecha, habitualmente. Para nociones de derecha-izquierda ver plaza sésamo, capítulo 2). Sujete entre el índice y el pulgar con la punta giratoria hacia abajo y apoye sobre el papel y realice un trazo. (El significado de trazo lo puede encontrar en el pequeño Larousse ilustrado). 8. Por último encontrará un breviario de qué hacer en caso de que el instrumento no funcione. Por ejemplo: Si no pinta, quite el tapón, intente apoyar con más fuerza la punta en el papel, aprenda a escribir, etc. 9. Si es el caso, adjunta vendrá una garantía. Evite usarla antes de verificar que ha realizado las operaciones correctamente. Eso le evitará la hueva de tener que ir hasta la tienda, armar un pancho de dimensiones descomunales, insultar al gerente, a la cajera y a toda la parentela de los mismo y el terrible ridículo cuando con cara de autosuficiencia, el más imbécil de todos ellos, destape el bolígrafo, lo pose grácilmente sobre un trozo de papel cualquiera y escriba, con una excelsa caligrafía y gentil sonrisa, algo como: ASÍ SE USA, PEDAZO DE IMBÉCIL. 10. RECOMENDACIÓN: Si llega a esta instancia tan bochornosa, dé las gracias y salga inmediatamente antes de que sus chapotas y el copioso sudor de las manos lo delate, no diga cosas como: ¿y ya con eso? Si falla otra vez, regreso. Ya ves, Alfonso, te dije que así era. PRECAUCIÓN: EVITE NO OLVIDAR EL INSTRUMENTO DE SU DELIRIO NI TROPEZAR CON LAS LATAS DE FRIJOLES EMPILADAS EN UNA HERMOSA TORRE DE 3 METROS.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La Calle

Se camina por la calle mientras se traga el aire,
sin dejar que el ambiente inunde los pulmones de las pupilas,
se voltea a ver el sol para saber si es hora de aflojar la corbata,
no para contemplar la luz que se filtra a través de las hojas del mundo,
se mira al mundo para pasar de vivir, sin sentir el paso y el paso de la vida,
se estudian los libros para contabilizar lo que se ha leído,
sin tramitar en la embajada el pasaporte visado al otro lado del espejo,
Se compra café por la calle para llegar despierto al trabajo,
no para que su aroma inunde los sueños y el erotismo de los sentidos
se come para vivir, no por el placer de tener el festín de una comida,
se cava una trinchera para defenderse de las hordas funestas de la rutina,
no para cimentar un castillo en el aire, de construir un imperio de niños,
se marcha a la batalla sin la esperanza de morir en ella y con la seguridad de caer prisionero,
se habla de revoluciones para vender armas en la frontera...
Se canta para enviar un mensaje, para gritar a los cuatro vientos,
para tararear la melodía que marca el compás del paso a paso,
del en vez en vez, del cuando a cuanto se oferta el milagro
de vivir para hacerle la vida miserable a la rutina,
Se mira al sol para saber que hace horas explotaron los dorados del amanecer,
para tener otro día en la búsqueda de la isla del tesoro,
para mantener un suspiro en el aire que no cotice en la bolsa de valores de una bolsa de mujer,
Se camina por la calle por el placer de sentir la piedra bajo el calzado,
se camina por la calle por la consciencia de estar de píe sobre el pavimento,
se camina por la calle por el orgullo de pararse espalda derecha, nariz desafiante,
se camina por la calle por el impulso que se crece a medida de los pasos
Si camino por la calle es para tomar impulso y con alas de cera poder volar,
Se vuela por el mundo para dejar abajo a los mortales en el camino a la inmortalidad.