miércoles, 23 de julio de 2008

Personalidad múltiple.net

Como todo lo de la vida real ha pasado a lo virtual, mi problema de personalidades múltiples también. Aquí el reconocimiento de varias. La primera es la personalidad msn. Ésta parece la más aceptada. Es platicadora, dicharachera y, lo que parece increíble, hasta simpática. Creo que por eso la gente le habla bastante bien, entre risas y chistes varios. La segunda es la personalidad investigadora, que se la pasa buscando cosas como: la manera en que se defienden los pulpos o por qué lloran los cocodrilos o cuántas horas son de aquí a Europa y de regreso. Ésta también incluye la ociosa game, que juega pendejadas on line con gente que no sabes si es gente, máquina o qué cosa. Luego estaba la personalidad Mr yahoo, o sea, la que escribía mails. Aquí empiezan los problemas. Los mails que escribía aquella eran de diversos tipos, no incluía cadenas, que le cagaban, y a veces se parecía a la msn, pero muchas veces existía para contar cosas en tono de melodrama y otras que se deshacían de tan cursis. Agonizó el día en que apareció otra y la sustituyó: la personalidad Blogger. Hela aquí. Además multiplicada en sí misma y divida en 3 (o tal vez 4). Una se burla de la vida, otra llora como magdalena por ella, la tercera recomienda libros, películas y música. La cuarta aún no se sabe lo que es, está en sus primeros pasos. Las ganancias y las pérdidas son las siguientes: —Mi pobre lectora de mails (porque hay que confesarlo, sólo era una) ha descansado un poco de tanta monserga mía. Espero que eso sea ganancia. —Ahora la monserga se hizo pública y triplicada. Pobres, indefensos, curiosos y desconocidos visitantes pasan por aquí de vez en cuando, por casualidad o por masoquismo, y gastan minutos valiosos de su tiempo en leer putadas seudoliterarias. Con franqueza no sé si esto lo podemos poner en las ganancias o en las pérdidas. Virtualmente, la Historia juzgará.

De película

Hace algunos meses, tratando de hacerme la vida más entretenida, y acostumbrado a la vida en renta, también renté el servicio de cine, o sea, una de esas membresías donde por 100 pesos al mes puedes entrar cuantas veces te dé la maldita gana. Nunca pensé que estás dos palabras (maldita y gana), fueran el inicio de nuevos sufrimientos. Esperé casi un mes para que me entregaran mi tarjeta, en eso días me perdí de varias películas que quería ver, pero mi pobreza (o mi tacañería) me hizo esperar, aunque no con mucha paciencia. Por fin la tuve. Ese día me vi 3 películas en un solo día, volví al siguiente y al siguiente. Así por 2 ó 3 semanas. Pero nada es perfecto. Para la cuarta semana, las películas de mi interés eran una o dos por semana, aunque había la promesa del verano que, según me contaban los que sabían, era la gran temporada del cine. La esperanza me llenó de ilusión. Entre tanto vi algunas cosas interesantes que valieron la pena. Cuando se acabaron las opciones, empecé a ver cosas como “Amor en las vegas”, “déficit” y cosas peores. Me reía a veces. Mis neurosis volvieron a perseguirme. Descubrí que el miércoles es mal día para ir porque llega gente al 2 X 1, así que los pendejos se multiplican, y en pareja, que es lo peor. El novio le explica a la novia, entre susurros y besos, la película en cada escena y ella, que es, o se hace, pendeja, escucha todo con veneración. Para sumarme al populus traté de hacer lo mismo. Claro, no funcionó. Mi vocación de maestro tiene un límite y, en todo caso, espero alumnos con un poco, si no de inteligencia, si de imaginación (eso es bastante difícil de conseguir, por eso dejé de dar clases, excepto a un par de personas que se han ganado un poco de mi respeto). La solución era sustituir lecciones de cine por besos pero, como en esos casos soy cuadrado cual alemán, prefiero ver la película y dejar los besos para mejor ocasión. Con esta filosofía mis compañeras de cine me abandonaron a falta de explicaciones y/o besos. Así que el miércoles salió de la lista y regresé al café. Después eliminé el domingo también. El olor a “nachos”, palomitas y cosas peores, más la voz idiota de un tipo con mujer y 4 hijos que le explica a toda la familia, según su “docta” versión, de qué va la película, mientras los niños repiten cada 2 minutos, Por qué papi, por qué, me hizo estar a punto de hacer realidad mi instinto de asesino en serie. Para evitarme problemas con la ley, decidí quedarme en casa. Los demás días son soportables, pero el lunes no puedo ir (por la mencionada vocación de maestro), el martes tampoco (por mi no mencionada vocación de alumno) y el viernes me volví borracho profesional. Así que solo quedan jueves y sábado. Y estos dependen de que haya algo decoroso que ver. Sigo esperando que la promesa, que comienza a parecerme falsa, de que el verano trae lo mejor del cine, se cumpla. Por favor señores, tengo que desquitar de algún modo los 100 pesos que pago al mes y, sobre toda las cosas, tener un poco de pasiones en esta vida aburrida y fanfarrona. Sería lindo que me regresaran las malditas ganas, del cine o de algo más.

viernes, 18 de julio de 2008

Venganzas literarias

—¡Ah, una novela!¡Cuéntamela, por favor! No sin tropiezos, comencé a intentar contarle el argumento. Un pintor en busca de encontrar el sentido de su obra y al mismo tiempo de la vida misma mientras sostiene una relación tormentosa con una mujer que lo abandona cada tanto pero que regresa siempre, hasta que al fin un día. Me costó casi 10 minutos darme cuenta que por lo menos hacía 8 que no me hacía ningún caso. Seguí hablando un poco más, poniendo énfasis en ciertas palabras para ver si lograba alguna reacción. Nada. Ella me estaba mirando, atentamente. Era lo único que hacía con atención. En realidad tampoco me miraba, pero parecía que sí. Hice una pausa a propósito. Sigue, sigue, me dijo con un falso entusiasmo que sacaba de quién sabe dónde. No me acuerdo si le conté todo o empecé a contar otra cosa mezclándola con el argumento original. Me acordé de una novela de Carlos Fuentes, creo que la región más transparente, donde un escritor encontraba una nota de su amante donde le decía a otro algo más o menos así: “Amor: pronto estaré contigo. Los escritores sirven para tener ideas de lo que luego haré deveras contigo”. La cita no es exacta, así la recordé. No sé lo que pasó después; creo que me aplaudió emocionada. En venganza, no me la cogí nunca, aunque la llamaba dos o tres veces por semana para contarle más y más detalles de una novela que estaba llena de imprecisiones. Aceptó ir conmigo muchas veces, hasta que un día.

Puñales que no hieren

Hace ya tiempo que conocí a Andrés Calamaro por otras influencias. Me encantaba oír y cantar aquel estribillo de:
"Flaca, no me claves
tus puñales
por la espalda
tan profundo
no me hieren,
no me hacen mal".
Era feliz cantando aquello hasta que una perversa amiga me hizo notar con punzante sarcasmo:
-¡Ay, querido! Si no hicieran mal no habría canción y mucho menos la cantarías.
Me quedé mirándola con la cara de lo que en realidad soy: un perfecto idiota.
Y ya no le dije nada.

domingo, 13 de julio de 2008

Viva sin drogas

Hace tiempo, pasaban en la tele un comercial donde un fulano se quedaba dormido con su churro de mota en la mano y el colchón comenzaba a incendiarse mientras aparecía un slogan que decía: vive sin drogas.

Pero inconsciente como es uno, no hace caso. Así que tengo la bonita costumbre de fumarme un cigarro (de tabaco) antes de dormir. Y pues sí, como la realidad supera a la ficción, que me sucede.

Mi insomnio, que es mucho y diario, me ha salvado siempre, pero unos cuántos whiskys hicieron el milagro de dormirme a la segunda fumada. 5 minutos después me despierta un humo mayor que un habano y una pequeña flama que anuncia catástrofes varias. Entre sueños, apagué como pude aquel conato de incendio y seguí durmiendo plácidamente. A la mañana siguiente, encontré un enorme agujero en el colchón y en la cobija, varias neuronas muertas y entonces me prometí no volverlo a hacer. Con una advertencia basta.

Así que ando buscando una mesita de material no flamable que pueda acomodar en la orilla de mi cama. Y como estoy decidido a vivir sin drogas, mañana a primera hora cancelo todas las putas tarjetas de crédito que ya me tienen hasta la madre. Así que seguiré con mi colchón agujerado, sin remedio. Lo de la mesita la pago al contado por si alguien tiene una.

martes, 8 de julio de 2008

Homo erectus

En un acto de imprudencia, se me ocurrió confesar a alguien un día:

—Me siento solo.

—¿Y cómo es la mujer que buscas? —me contestó.

Ay, madre mía. ¿Pues que una declaración de soledad implica siempre a una vieja? Claramente uno tiene necesidades físicas que cubrir, que se van subsanando de la mejor manera que es posible, pero de ahí a querer una riña cada vez por el sabor del helado o elegir el lado de la cama (lo cual ya implica que no hay uno sobre otro) o cómo repartir el pinche salario entre dos, hay una distancia de aquí a Marte y de regreso.

¿Y quién dijo que uno "busca" a una mujer? En el mejor de los casos —o en el peor de ellos— la encuentras de pronto. Tal vez la confusión venga de nuestros ancestros mayas que usaban el mismo verbo para ambas cosas, o de mi incertidumbre en italiano que aún no logra resolver cuál significa qué entre trovare y cercare.

¿Y qué entenderá la gente por soledad? O peor, ¿qué entiendo yo? A lo mejor entre esas raras enfermedades confusivas mías (como diría cierta colega a quien hay que reconocer el crédito de la frase para que no haya queja después) está mi falsa definición de aquello.

Claramente, la mía incluye también, y sobre todo, ausencias intelectuales que son difíciles de llenar aunque, claro, parece que soy el único que parece preocupado por esto. Para el resto creo que las caderas ganan siempre la partida.

Después de toda mi monserga, me miró como bicho raro, con una compasión infinita. Con voz confidente y una palmada en el hombro de complicidad, me contestó:

    —Te entiendo, amigo, no es fácil salir del clóset.

    Una vez más, la teoría comprobada. Hay en el ambiente una soledad insoportable.

Conspiraciones cósmicas

Eso me pasa por andarle haciendo caso a la gente. Todo porque alguien me convenció de conocer a una conductora de radio para no sé qué proyecto que me interesaría. ¿Pues no habíamos dicho ya que se evitaran a las conductoras o que, en su defecto, les mantuviéramos la boca cerrada? Pero no. Llego yo, con mi cara —y todo lo demás—, de malparido a buscar a una cierta fulana de tal que me esperaba sonriente en la mesa de algún café conocido. Supe entonces cuál era aquel proyecto "que me interesaría muchísimo". Su cara llena de ilusión la delató al instante. Acostumbrado a estos avatares femeninos, la saludé familiarmente, como si nos conociéramos de toda la vida. Me pedí una cerveza y me senté a escuchar cómo se vendía sin pudor alguno.

Lavaba ropa sin guantes, con guantes no es lo mismo — ¿pensará lo mismo sobre otras cosas?—, era muy cariñosa, siempre atenta y hacía un caldo de camarón para chuparse los dedos que algún día en su casa tendría que probar (¿?). Las cervezas siguieron corriendo y los escotes se aflojaron un poco. Los toques en el brazo y en la pierna se volvieron recurrentes. Me mostraba, "casi sin querer", que sus mejores encantos eran una par de senos protuberantes. Bromas sexuales de varios niveles acompañaban la amenísima charla mientras yo trataba de reírme y participar en una conversación que no me hacía la más mínima gracia. Las clases de actuación tienen sus ventajas, no cabe duda.

Y para colmo de mis males, leía. Putísima madre. De un enorme bolso sacó un libro "fantástico" que hojeé mientras ella iba a tirar la mitad de las cervezas que llevábamos y que no sé si pensaba pagar. Frases célebres como "ve y hazlo", que Nike descubrió bastantes años atrás, y "si algo va a salir bien, saldrá bien", antítesis de la ley de Murphy, me hicieron pensar que por lo menos para ella, en ese preciso instante, todo debía de estar saliendo perfecto a causa de las cervezas.

Cuando regresó ya me imaginaba el resto. Me habló del maravilloso contenido de aquel mamotreto y de otros del estilo. Por qué, por qué. Qué he hecho yo para merecer esto. Imploro a dioses conocidos o desconocidos, a demonios cristianos, paganos y de los otros. Otra vez el universo volvió a conspirar, pero no como la prédica de aquel falso profeta, sino para mi infelicidad y mi desasosiego. Plutón (que ya ni siquiera planeta es) orbitó en la constelación del pinche alacrán ese y resulté, según mi carta astral, de una energía inusitada que debí de haberme gastado previamente en la última corretiza al camión porque ahora ya empezaba a contener el bostezo. Supe mi coincidencia de mi signo con el suyo y de las cualidades de las que veníamos provistos desde el inicio de los tiempos.

Asentí, sonreí calladamente. Dudé de las propiedades afrodisiacas de su caldo de camarón y al final, casi al borde del delirio, sin proyecto radiofónico de importancia, dije para mis adentros, y luego para mis afueras: ¡Pero por qué no te callas!

No sé por qué la gente cree en tanta patraña. A estas alturas de mi vida, no creo ya ni en Dios ni el diablo ni siquiera en la Vía Láctea.

Dicen mis detractores que me obstino en cultivar mis neurosis. Pues bien, tal vez tienen razón, pero ¡Y por qué no se callan!

martes, 10 de junio de 2008

Días Nublados

Éste es uno de esos días de sábado en que uno no desea otra cosa que quedarse tirado en la cama, en posición fetal, tratando de mantenerse en estado catatónico el resto del día. Pero basta que uno tome tales decisiones para que todo se vaya a la chingada de inmediato. Las 9. Suena el teléfono para comunicarme que en este momento han decidido cortarme el servicio por falta de pago, al mismo tiempo un mensaje en el celular avisando que si le pongo crédito me dan el doble. Ironías de la vida. Va uno al refrigerador y descubre lo mismo que la noche anterior: no hay ni madres. Para colmo, cajetilla vacía. Bien, bien, vamos muy bien. Me pongo lo primero que encuentro —sí, sí, el mismo pantalón de siempre, la misma camisa, soy un retrato ¿y qué?—, y salgo a la calle a buscar en un oxxo el menú del día: maruchan, jugo, pizza de microondas y reposición de cigarros. Reflexión: nunca tener una novia nutrióloga. Se borran 2 teléfonos del directorio para evitar tentaciones. La sopa instantánea una mierda, como siempre. Regreso y vuelvo a enterarme que no tengo sky —nunca he tenido y todavía no sale una suscripción a 0 pesos para un montón de escritores pendejos que lo pidieron—, así que miro aquel programa de revista donde sale una apócrifa cantante de buenas carnes que ahora se ha vuelto conductora haciendo acopio de toda la estridencia de su dulce voz. Reflexión 2: No tener novia conductora de televisión. Esta vez no hay necesidad de borrar ningún teléfono. Reflexión 3: Rectificación: Dado el caso, podríamos intentarlo siempre que le mantengamos cerrada la boca. Rectificación de la rectificación: Sospecho que es imposible. Ideas varias. Después trato de que la ducha me despabile. Salgo a la calle con la esperanza de la aventura, tal vez hoy la realidad supere a la literatura fantástica y me encuentre inmerso en la historia sin fin, en el aleph o en un monasterio con Jorge de Burgos comiéndose un libro de Aristóteles. Si nada de esto ocurre, con algo por contar me conformo. Reflexión 4: Chica que haya entendido lo anterior. El directorio comienza a quedar vacío. Calle, gente, mala película, café con crema y una plática con alguien que me vuelve a repetir por vigésima quinta vez el único tema que domina. Reflexión 5: Mujer con más de 3 temas y/o buen sexo. Regreso a casa. Reflexión 6: Hombre, mujer o bestia con más de 3 temas. Lo primero es tan difícil como lo segundo. Reflexión antes de dormir: Por qué carajo el directorio se ha quedado vacío. Reflexión entre sueños: Escribe un blog, así no le pides a nadie que te responda las cartas y en venganza puedes joder anónimamente la vida de varios al mismo tiempo.

domingo, 1 de junio de 2008

Benvenuto in Messico, il prossimo impero

Como parece que últimamente estoy influenciado por las críticas y las acusaciones (¡no! ¿En serio?), me ha venido a la cabeza aquella cosa de mi presunto malinchismo. Nada más porque llevo años aprovechando cualquier oportunidad para hablar de mis intereses internacionales que evidencian mis múltiples eufemismos sobre cierta persona que me ha sorprendido gratamente. Entonces todo mundo supone que, por una sola muestra, me creo el cuento de que ingleses, franceses o italianos usan mejor las neuronas. Aclaración: La estupidez no conoce fronteras. Claro que de este lado del mundo, Elba Esther, Televisa y Carlos Cuauhtémoc Sánchez no ayudan mucho para que por lo menos los planes de educación mejoren —un poquito nomás— el mejor uso neuronal, pero eso no significa que no exista posibilidad de que alguno del otro lado nos mire con ojos de ratón sorprendido cuando descubre que, debajo del penacho de Moctezuma, también uno conoce ese misterioso proceso llamado pensar. Gracias a cambios sustanciales que la crisis de los 30 y otros males me han exigido, he regresado a mis andanzas de salir de la ciudad en cuanto puedo para bumburizar un poco. Como tenía una reunión en la Universidad de Xalapa para tratar con alguien sobre ciertos asuntos literarios, he aprovechado la oportunidad para hacer un pequeño tour cómico-mágico-musical. Así que, después de mi reunión en sospechosos tintes intelectuales infructuosos, he aprovechado para estar en Tajín al día siguiente. No cabe duda que el asunto piramidal es algo fuera de serie y en los últimos años, por querer mirar hacia otro lado, me he olvidado un poco de estas cosas increíbles. Así que ahí me tienen tratando de llegar hasta la cima inalcanzable de una pirámide que los años de fumar impiden. Recuperado a medias del sofoco, mientras entre nubes veo que la realidad otra vez vuelve a tomar forma de nuevo, distingo a un grupo de 6 chicos —3 y 3—, que hablan un idioma que recién aprendo para mi próxima incursión en las Europas. Interesado por tratar de entender un poco y también con la mala intención de conseguir algún contacto en el futuro, que me reduzca la incertidumbre del mencionado viaje, me acerqué a los chicos intentando comunicarme con las 4 palabras que me sé. — Ciao. Voi siete italiani? —La sorpresa estuvo de mi lado. En seguida voltearon a mirarme con una sonrisa de complicidad. — Si, si, siamo di Milan. Tu parli italiano? —les expliqué —como pude— que sólo un poco y que necesitaba que me hablaran por sílabas para comprenderlo todo. Suficiente. Me unieron al club. Como siempre pasa, el interés mutuo por lo desconocido creó vínculos inmediatos. Me preguntaron, les contesté. Les pregunté, me contestaron. De aquella conversación se puede decir poco puesto que está llena de miles de: eh… este… eh… este… non capisco niente… de mi parte y múltiples risas, divertidas para el grupo, desesperadas para mí. Pero nos entendimos como mejor se pudo. ¡Y vaya que nos entendimos! Porque la sustancia de la conversación me quedó clara en absoluto. Al parecer, todos tenían la teoría de que las pirámides, que acabábamos de ver, fueron construidas por los extraterrestres. En vano quise explicarles. Mi penacho de Moctezuma ganó la batalla ante sus ojos. Cuando renuncié a participar de la discusión y me convencieron con argumentos interesantísimos, comprendí que muy pronto seríamos los dueños del mundo, porque todo era un plan para conquistarlo. Claramente, tan eficaz como los de Pinky y Cerebro. Llevamos 500 años esperando el momento en que, peruanos del Machupichu y mayas guatemaltecos o de Campeche o Chiapas, tomen el control para ser los dueños del universo. Bien, bien. H. G. Wells no era escrito sino profeta. ¿Qué les decía yo de que la estupidez no tiene fronteras? Mis intenciones de sociabilizar y hacer amigos se fueron a la basura. Seguramente, en unos meses, cuando esté en medio de Italia durmiendo en una estación de tren y con dolor en los riñones, porque no tengo dinero para el hospedaje y nadie que me reciba en su casa, voy a odiarme con toda mi alma porque mis orgullos intelectuales no han soportado mantener una relación con seres de esa capacidad neuronal que, a cambio de varias teorías de ese nivel, podrían proveerme de casa, comida y otras cosas mejores. Guardo la secreta ilusión de que, a pesar de todo, todavía exista alguien que me saque del apuro. Tal vez necesito una que otra lección de humildad que la vida se está encargando de darme con saña inaudita. Mientras tanto, me iré a dormir para hacer mañana lo que hago todas las noches. — ¿Y qué haremos mañana en la noche, Cerebro? — Lo mismo que hacemos todas las noches Pinky: Tratar de conquistar al mundo.

Llamadas anónimas

Las notas aclaratorias anteriores han causado mucho más suspicacias que las ya existentes. Para muestra un botón. Me llama cierta señorita, que en un acto de bondad su nombre no revelaré, y sostenemos la siguiente conversación telefónica. — ¡Óyeme, cabrón! ¡Tú nunca me has dicho si yo soy inteligente! — ¿Ah, no? — Estoy sorprendidísimo. — No, nunca. ¿Qué significa eso? — No sé, ¿tú qué crees que signifique? — Mi curiosidad transluce una sinceridad pasmosa. — ¡Ash! ¡Estás más naco que nunca! —Y colgó. Sospecho que puedo borrar su número de mi directorio sin culpa alguna.